Asesinos

PHOad753358-42e7-11e4-acd1-9c6d066f8cb1-245x160Teresita Dussart

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En 2014, la tercera generación post guerra mundial ya tiene hijos en edad de ir a la escuela. Sus preocupaciones serían la crisis económica y todos aquellos problemas existenciales que atañen al ciudadano de una sociedad en paz;  se perdieron los reflejos de la dinámica de la supervivencia.  En esa sociedad de post guerra, de democracia consolidada, de cultura globalizada, los miedos se  moldean según un rango de considerandos, entre ellos principalmente la garantía de mantener un estilo de vida en donde las libertades individuales imperen. Así debió ser Hervé Gourdel, el guía de alta montaña francés, cobardemente asesinado en Argelia, por el grupo terrorista  Jund Al-Khilafah (soldados del Califa), desprendimiento de Al Quaeda Magreb (Aqmi). Un buen hombre, más preocupado por lograr metas de realización personal, que por alcanzar bienes o posiciones importantes. El hombre occidental del denominado Viejo Mundo, perteneciente a aquellas generaciones llegadas a la edad adulta después de las décadas del pleno empleo, es un gran niño, fundamentalmente pacífico, labrado a angelizar sus peores enemigos y batir su culpa de los crímenes de los cuales es víctima en nombre de lo políticamente correcto. Vive sus afectos sin inhibición, pero eso sí, se prohíbe terminantemente dejar rienda suelta a la cólera.

Pero algo en el aire nos dice que esto está cambiando.  En un comunicado del Califato  Islámico o Estado Islámico  (EI, ex ISIS, también identificado como DAESH), difundido la semana pasada por Abu Mohamed al Adnani, portavoz del grupo terrorista, se imparten  las siguientes instrucciones a los musulmanes  del mundo sobre la forma de ejecutar occidentales: “Si no consiguen hallar una bomba o municiones, aíslen al norteamericano o al francés sucio e infiel. Aplástenle la cabeza a piedrazos, acuchíllenlo, arróllenlo con un automóvil, tírenlo al vacío, asfíxienlo o envenénenlo”. (…) “La mejor cosa que puede hacer un buen musulmán es esforzarse en matar a todo infiel, ya sea norteamericano o francés o de algún país aliado“.

En una semana, el cuchillo del degollador emboscado se introdujo en el inconsciente colectivo, en el abanico de los posibles.  Algo peor que una guerra.  Algo que reenvía a miedos ancestrales.  El enemigo no se identifica como ejército. Son asesinos.  El estandarte de la barbarie no es un siniestro símbolo ondeando en territorios lejanos de Siria e Irak. El lobo aislado vive agazapado esperando una oportunidad  para manifestarse. Por tremendista que parezca, ése es el escenario que los servicios europeos elaboran. El de una acción psicótico-religiosa de treinta o cuarenta lobos aislados que pongan en ejecución el exhorto de  EI, abatiéndose al azar, en cualquier lugar del mundo.

Por si fuera poco, el método. El acto de degollar es consubstancial del terror de las razias Otomanas en Europa. El cuchillo, en la psique occidental, está asociado a la desfragmentación corporal,  a la esquizofrenia. Los soldados de los ejércitos modernos, por supuesto están equipados de puñales de combate pero ninguna simbología asocia el objeto contundente a una gesta épica. En la sociedades gestadas en la tradición cristiana no se degüella ni a los animales.

Perros malos

Eso es concretamente el resultado del accionar de predicación wahabita en las zonas más vulnerables del mundo, entre ellas los centros de gran concentración de migrantes musulmanes en  el mundo. Esos musulmanes han padecido la misma conversión al sectarismo wahabita y practican un Islam que no es el del país de origen. Son miles de personas que se debería vigilar en los países más expuestos, como Francia, por ejemplo. Nadie puede dar cuenta exacta precisamente de cuántos djihadistas se habla, porque al tratarse de sociedades democráticas la inteligencia institucional no procede a vigilancias sistemáticas como si lo hacen las petrómonarquias que los financian pero no los quieren en casa.  Ahora bien, se considera que se necesita de veinte personas para asegurar el seguimiento de un solo individuo. ¿Qué país puede conseguir los recursos humanos para semejante nivel de prevención? Ninguno, y tampoco sería deseable, a menos de recrear las condiciones del estado policial. No por nada,  72% de los franceses, según un sondeo, esta semana, del diario francés “Le Figaro”, consideran como inevitable un atentado.

Barack Obama, en su alocución en la Sesión Plenaria de Naciones Unidas del 24 de Setiembre, mando un tiro por elevación a las naciones del Golfo Pérsico diciendo que hay que terminar con la hipocresía de las naciones ricas que forman clérigos que difunden odio. “Ningún niño nace en el odio a los judíos, a los cristianos”, dijo. Pues bien. El problema es que esa nación, Arabia Saudita, que ahora integra la coalición contra ISIS, al mismo tiempo que pretende luchar contra el terrorismo, sigue cobijando y financiando sus predicadores del odio en el mundo. Los Coranes remasterizados por “pensadores” del wahabismo” son los únicos que los conversos conocen. Los libros de interpretación de la Suna, llenos de hadith e interpretaciones fantasiosas del clero wahabí y de los pensadores más fundamentalistas, aquellos que el propio reino de los Saud proscribe en su territorio para protegerse, es lo que se arroja al mundo, bajo el pretexto que los Saud pagan así el precio para mantener a sus perros malos. La semana pasada se detuvo a predicadores saudíes tentando entrar en Túnez como medida de endigamiento de la propedéutica del odio.

Los “perros malos”, como se denomina a esas jaurías de terroristas, utilizadas como facciones de guerrillas suníes contra el poder chiita, remiten al poder de contención durante la guerra fría y las guerrillas entonces utilizadas por los dos bloques. Pero éstas son mucho más peligrosas, más difíciles de controlar por sus maestros aprendices de brujos, y la división metastásica en grupúsculos siempre más díscolos y siempre más radicalizado se da más rápido. Hoy la nueva celda es Khorassam, mañana sera otra. Los chiitas, por su parte, básicamente “sólo” tienen al Hezbollah.  Esa instrumentalización del terrorismo es lo que el presidente Obama apuntó en su discurso ante los delegados de las Naciones Unidas, a través de las “guerras proxy”. Sin embargo las recriminaciones se mantienen a un nivel muy tímido. La administración Obama enfatiza el aporte de las naciones suníes dentro de la coalición, en todas sus comunicaciones, y marginaliza los aportes posibles de Irán o de Rusia. En cuanto a Siria, es “harán”. No se puede mencionar a Bashar al Assad bajo ningún pretexto; al fin y al cabo, el hombre que objetivamente más ha combatido el djihadismo internacional estos últimos tres años.  La última sesión de Naciones Unidas demostró cuán fuerte se ejerce la presión sobre el nuevo presidente Iraquí, el chií Haidar al Abani para que incluya suníes. El problema objetivo y contundente es que el gobierno Iraquí desconfía de la clase media suníes por la manifiesta simpatía que esta demuestra hacia las varias jaurías de djihadistas. Aspecto corroborado tanto por los Yaziries, cristianos, kurdos y chiitas victimas de EI.

Decididamente desde el fatídico 11 de septiembre de 2001,  nada ha cambiado. Como si la mayoría de los terroristas que se estrellaron contra las torres no fueran de nacionalidad saudí. Como si la mayoría de los predicadores en tiempos de terror en Argelia en los 90, que fomentaron los grupúsculos del Grupo Islámico Armado (GAI) o el Grupo Salafista de Predicación o Combate (GSCP), fuera extranjera a las decisiones gestadas en Riyyad. Como si la tribu Al Saud pudiese hacer las veces  de bombero y no de pirómano sin que nadie se anoticie de la contradicción. El “como si” ha alcanzado un nivel realmente sorprendente. El mundo ha seguido privilegiando las relaciones con aquellas naciones que desde fines de los años 60, con una aceleración en 1979, han venido fomentando la predicación salafista de combate. Hace cuarenta años que los jóvenes lumpenisados por las tiranías de los países árabes, hijos de padres compelidos por la miseria al exilio, vienen absorbiendo el compendio de odio y de retrogradación mental. Por el financiamiento logístico al terrorismo, por el lavado de cerebros a millones de personas, especialmente jóvenes, esas petromonarquias, donde no se toleran otras religiones que la propia, son directamente responsables de que el Islam sea la última religión del mundo que justifique el asesinato de quien no profese la misma fe.



Categorías:Islam, Medio Oriente, Terrorismo

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