CONVERSOS DEL WAHABISMO DE PERIFERIA

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Teresita Dussart (C) Todos derechos reservados

 

El fenómeno de las conversiones de jóvenes occidentales en urbes de influyente implantación de un islam suní, adulterado por una corriente wahabita ajena hasta a la tradición de los inmigrantes de las primeras olas, está produciendo estragos de toda índole.  Todas las semanas siguen llegando predicadores salafistas desde Arabia Saudí a Túnez, a Marruecos, en Argelia, en Londres, en Paris; donde hayan victimas potenciales. No es de extrañar que solo en Francia, el ministerio del interior calculo en 2013, unas 4000 conversiones por año. Cuantas para el djihad ?

Sobre la conversión de esos hijos surgidos de la clase media más banal, atrapados en redes terroristas o filo terroristas, tan diametralmente alejadas de los valores de cuna, no hay estudios etiológicos serios.  Hay localidades de la “banlieue” francesa donde la presión demográfica hace que sea más fácil para un joven convertirse a los códigos de vida wahabita, sin incluso requerir una conversión religiosa formal, que para un joven de tercera generación de inmigrantes convertirse a los códigos de la laicidad. El pasaje a  la conversión al Islam, singularmente ese islam radical, requeriría ser estudiado como un problema de salud pública tanto como de seguridad. Hay un  proceso de manipulación de conciencia que se da en una escala lo suficientemente importante como para generar las debidas diligencias de la prevención de riesgos. Lo que hay que cercenar para proteger a los jóvenes y a la sociedad es: Quién se convierte, el proceso de la conversión, cómo se da el cambio y “qué” convierte.

Samantha Lewthwaite cuyo nombre apareció en el marco de la matanza del centro comercial de Nairobi en setiembre de 2013, como una de las posibles organizadoras, se convirtió al Islam en una época de su vida de volcánica actividad hormonal: 17 años. Aquella época que transforma el hogar en infierno para los padres que pasaron por ese momento. Los padres de Samantha son personas educadas en todos los sentidos de la palabra, por lo que reportaban los medios. El padre es militar y la familia no registra otras dificultades que la separación. Pero Samantha busca algo que le permita reinventarse, alejarse de ese universo que no dejará de odiar, sean cuales sean los argumentos que se le ofrezcan. En todos los casos de conversión de menores los padres piensan que eso va a pasar. Y no pasa. La familia no toma conciencia de la dimensión sectaria en la cual cae el menor. La carrera que va del rigorismo hacia el fascismo religioso de Samantha sólo acaba de empezar a los 17 años. Se casa con un keniano, Jermaine Lindsay, él también un converso que se hará explotar en la estación Piccadily Circus un 7 de julio, abarcando en un abrazo mortal a 25 inocentes. Samantha se refugia en Nairobi, pretendiendo ignorar todo de las actividades de su marido y desde allí empieza una carrera de terrorista por cuenta propia.

No es un caso aislado. Hay entre 600 y 800 franceses combatiendo ahora mismo en Siria y en Irak en los rangos del djihadismo global. Uno de ellos, Jean Daniel, de 22 años, murió en 2012. Su hermano que lo arrastró en ese sendero, Nicolás, de 30 años, se felicitó en un vídeo que su hermano menor haya muerto como un “mártir”. El padre de los dos chicos es un empresario radicado en Guyana.  En declaraciones al diario francés  Le Figaro el padre se dirigió a todas las familias cuyos hijos están combatiendo en Siria o en otros terrenos del djihadismo.  “Se tienen que movilizar y salir del aislamiento para parar ese lavado de cerebros del cual son víctimas muchos jóvenes a la deriva”. El joven que degolló en mayo de este año a un militar frente a las cámaras y siguió comentando su acción, con el arma del crimen y las manos ensangrentadas como si nada, es un joven nigeriano converso al Islam en esa parte de Londres que los vecinos tomaron por costumbre denominar Londonistan. Unos días después, un chico de 17 años intentó degollar a un militar en La Defensa, la city de París. Alexandre se había convertido al Islam la semana anterior.

Hay un estereotipo de converso que es el joven adolescente en ruptura escolar, con una primera experiencia de pequeña delincuencia, de familia de clase media, padres separados, familia que sabe amar pero con manifestaciones afectivas equívocas, padres inmaduros que sufren del complejo de Peter Pan, muy implicados en sus vidas profesionales.  Son familias de padres que sinceramente creen que lo hicieron todo bien, reniegan hasta donde pueden del problema y cuando toman el pulso de lo que está ocurriendo se dan cuenta que están solos.  Es fácil echarles la culpa y sin embargo están doblemente atrapados: en un vacío legal y por el discurso de lo políticamente correcto. No se reconoce la conversión al Islam como adhesión a una secta y, sin embargo, ese tipo de Islam corresponde por donde se lo mire a los criterios de manipulación de conciencias. No es la conversión a una espiritualidad que reclama la adoración a una o varias deidades, sino la arrolladora renuncia al yo anterior, sus valores y su entorno. Es una espiritualidad disfuncional y los sujetos atrapados son a menudo menores de edad sin que se pueda culpar los depredadores que hacen oficio de imán autoproclamados.

Isabelle, asesora de empresas, buen nivel académico, ex marido periodista, madre de una adolescente conversa al Islam a los 16 años en total ruptura familiar durante tres años, relata a este medio su experiencia: “cuando busque ayuda me hablaban de libertad religiosa, me echaban en cara prejuicios que nunca tuve. El día que fui a buscarla al hospital había una mujer con velo sentada al pie de su cama, y Sophie (nombre de la chica antes de la conversión) me dijo que de ahora en adelante ésa era su madre. El médico me pidió si quería que haga sacar esa mujer de la sala. Le dije que no. Que la extranjera era yo. Nos habíamos convertido en extranjeras.  (…) Con el tiempo me di cuenta que no habría vuelta atrás y que no podíamos pedir ayuda a nadie. Para los servicios sociales éramos racistas si nos quejábamos, para nuestro entorno padres indignos”. Ahora, dice Isabelle, “sé que la única manera de ayudarla es mantenerme presente  a su lado, ocupar el lugar,  hacer el contrario de lo que hice cuando salí del cuarto, para que algo de mis valores la sigan acompañando”. A los 20 años, la hija fue madre por primera vez. El reto para Isabelle ahora es limitar los valores del radicalismo islámico en la educación de la nieta.

Las familias de los conversos se reprochan a menudo el déficit de autoridad. Así lo decía el padre de Nicolás, el joven muerto en Siria: “No tuve la autoridad necesaria para redireccionarlo”. Detrás de la conversión hay una dinámica sectaria muy fuerte, que se ejerce sobre menores pero no es reconocida penalmente como tal, en los países donde se da a conocer ese fenómeno, patológico antes que religioso, porque el Islam no tiene rango de secta, y afrontar esas conversiones, es percibido como ir contra la libertad religiosa y hasta puede conllevar otros estigmas.

No hay familia que pueda enfrentar ese fenómeno sin la advertencia y el acompañamiento de una sociedad informada. Y no hay familia que pueda contener la deriva psicopática de un hijo hacia el djihadismo global si el grupo que lo engulle fue financiado por un país que lo debería haber protegido o sancionado antes.

 

CONVERSIÓN: UN ANTES Y UN DESPUÉS RADICAL

La conversión es un concepto antropológico muy particular. Con él se concreta más que en ninguna otra experiencia antropológica el teorema de Heráclito, “todo cambia, nada queda“.  Y si se trata del islam radical, reviste un carácter aún más revolutivo. Es un cambio de horizontes cultural, social, ético, panorámico. Hay un antes y un después irreversible. No es temporario. El converso no vuelve hacia atrás. Entre otros motivos, porque si se pudo convertir al Islam y pronunció la Sha’ada, la fórmula de reconocimiento del profeta y de la religión islámica, volver hacia atrás es cometer el pecado pasible de pena de muerte que es la apostasía. Eso constituye un punto medular de la dinámica sectaria. Además, el converso tiene que pelear permanentemente con los otros miembros de la comunidad porque es un “Muallaf”, un recién converso, y sobre él pesan sospechas acerca de la sinceridad de su conversión. Siente que tiene que demostrar que es un buen musulmán.

 No todos los Muallaf son primicios en el Islam. Muchos jóvenes inmigrantes del South East londinense nacidos musulmanes, o hijos de familias subsaharianas o norafricanas en Francia siguen un proceso de re-conversión a un islam ajeno a las convicciones y tradiciones de sus padres. En Francia las poblaciones de África del Norte practicaban un islam malaquita en su mayoría, de tipo sufí, en todo alejado del wahabismo y hasta se podría decir victima del wahabismo.

Desde que Arabia Saudita empezó en 1979 a polinizar su proselitismo fundamentalista, en la época del Rey Khaled, por razones de políticas internas al reino, para darse algo de legitimidad después de varios episodios trágicos que exigían que se justifique que sin ser “descendientes del profeta”, los Saud sean los guardianes de los dos templos más sagrados del Islam; los preceptos de mesianismo armado e apocalíptico de Mohamed Ibn Abdul Wahhab se fueron diseminando en puntos cardinales del mundo. En Argelia en particular, donde fueron a parar centenares de maestros pagados por Arabia Saudita muñidos de Coranes comentados por secuaces del muftí del reino Saudí, en esa época el salafista Ahmed bin Baz. Considerado como una eminencia gris, Bin Baz murió proclamando que la tierra no era redonda, que eso era una invención de los Kuffar (infieles). En Argelia la evangelización conceptualizada bajo los auspicios de Bin Baz llego a su punto de maduración en los años 90 cuando estallaron los acontecimientos con el Frente Islámico de la Salvación y sus grupos armados que fueron el Grupo Islámico Armado y el Grupo Islámico de Predicación y Combate, ya más cercano a  Al Quaeda. De Argelia paso a Francia y Europa por medio de la inmigración.

Para la mayoría de los conversos como para los estudiosos, el Corán es un texto sin sentido alguno. De entre 30 a 60% de su contenido es de inspiración nazarena o nestoriana proviniendo de las comunidades cristianas siriacas, otra buena parte extraída del judaísmo o jacobinismo siriaco, en todos los casos sin autorización de los titulares. Es una suerte de compendio sincrético de las comunidades religiosas de la época del “profeta”. El nombre de Mohammed, que es en realidad un adjetivo para señalar el que adora Dios, casi no aparece como tal en el Corán, “Islam”, que significa sumiso, no aparece tampoco. Los primeros comentadores del Corán y los primeros Hadiz o dichos del profeta aparecen en el siglo IX. Pero esos no son los que los conversos aprenden en las madāris de las periferias del primer mundo. Los conversos europeos, estadounidenses, o re-conversos de países tradicionalmente musulmanes estudian en coránes comentados en Arabia Saudí. Y eso es la madre de todos los problemas.

El problema no es que la religión musulmana sea un producto derivado. El cristianismo también deriva directamente del judaísmo del cual es una secta rechazada y el judaísmo a su turno incorporó tradiciones anteriores. El problema son los dogmas. El wahabismo en parte se nucléa en torno a la “Bidaa”. Es decir el repudio de todo lo que sea innovación. Todo lo moderno es harán, pecado. El otro punto reside en un presunto hadiz del profeta según el cual todo lo que se haría después del tercer califa de después su muerte sería sin interés. “La gente de mi generación son los mejores, después los que vienen, después los que vienen” habría dicho Mohammed. Por lo cual los musulmanes deberían según una interpretación wahabita atenerse a vivir según los estándares en vigor hasta el tercer califa. Esa la acepción salafista del wahabismo y es la que se propaga a los nuevos conversos. Ese mismo wahabismo provee una dimensión afectiva también, la “hermandad” entre socios: “Al-Ikwan”, un concepto de aglutinación en grupo de choque, muy efectiva sobre la psiquis de un joven adolescente con problemas identitarios. En los blog jihadistas llama la atención como solo se evocan entre ellos como el hermano tal o la hermana tal.

Las escuelas coránicas donde ingresan los nuevos conversos están en manos de chicos que ellos mismos tuvieron muchos problemas en su reccorido escolar. Y la historicidad del profeta no es lo más les importa. Las biografías siriacas, armenias o bizantinas, las más cercanas a la realidad histórica de Mohammed del siglo IX o X  hablan de un militar de ese nombre que atacaba caravanas, pero esa parte no les será revelada a los nuevos conversos. La interpretación de las surah, algunas como la surah 105 del Elefante literalmente demencial se ofrecen a interpretaciones aún más delirantes: “1. ¿No has visto lo que hizo tu Señor con los del elefante? 2. ¿Acaso no hizo que su estratagema fracasara, 3. enviando contra ellos pájaros en sucesivas bandadas, 4. que les arrojaban piedras de arcilla 5. Dejándolos como paja carcomida? “ En la primera parte, en la mayoría de las escuelas coránicas de tradición suní a “los del elefante” se va a agregar un comentario muy largo indicando “aquellos que querían atacar a la Kabbaa”. Las piedras de arcilla se convierten en piedras con los nombres grabados de los infieles etc. Se le puede hacer decir cualquier cosa. De esa confusión nacen preocupaciones tan álgidas como de saber si se puede comer pollo ya que no se sabe si el profeta probo del ave o si las mujeres pueden leer el Corán de pie.

Los islamólogos consideran que cada surah, de ese libro escrito sin ningún principio de continuidad o coherencia textual, se ofrece a 30 interpretaciones posibles, como mínimo. Esa laxidad de interpretación crea las condiciones de un abanico de conversiones muy amplio, desde una religión sensualista tal como interpretada por los orientalistas del siglo XIX, y en su otro extremo la base filosófica  del terrorismo de masa del siglo XXI que es el wahabismo mutado o no.

Inútil decir que la evangelización del wahabismo se dio con pleno consentimiento de Occidente. Hasta se creó un club de varios servicios de inteligencia, el “Safari Club” a fines de los años 70, que después de haber tenido como misión contener el comunismo en África, tuvo como misión de sustentar el avance del wahabismo en Afganistán y en África del Norte para contrarrestar al enemigo por antonomasia. Ese apoyo a lo que se convertiría en terrorismo de masa pareció cesar después del 9/11, pero el fenómeno de las primaveras árabes demostró lo contrario. El djihadismo global ataca con armas ofrecidas por potencias del Golfo, Arabia Saudi, Quatar, Turquia, Francia, Reino Unido y Estados Unidos principalmente.

No se puede negar que ha habido una ruptura paulatina con los grupos más fundamentalistas entre la casa de los Saud y estos. Las relaciones entre Al Quaeda y la petromonarquía se quebró durante la primera guerra del Golfo, irremediablemente. El otro momento de ruptura fue el día de después el 9/11. Bin Baz no solo no es venerado, sino que incluso es considerado como un liberal por no decir un hereje en la blogosfera djihadista, por hacer sostenido la causa de los Saud y apoyado varias reformas dentro de la monarquía. Queda que predicadores salafistas saudís siguen exportando su ideología mortífera en el mundo, implementando conceptos de esa mutación del wahabismo que los propios saudís no quieren en casa propia y convirtiendo jóvenes a una secta ajena a la cultura del mundo donde nacieron.

BANDIDISMO, LUCHA ARMADA Y TERRORISMO POLÍTICO

Los conversos más radicalizados han participado de algún djihad en el mundo. El conflicto de los Balcanes, el Cáucaso, Afganistán, Yemen, Irak y recientemente las revoluciones de las primaveras árabes. Acabados los procesos de destitución o resolución de paz, siguieron nomadizando en los territorios alcanzados por la onda de choque islamista (Mali, por ejemplo) expandiendo sus ansias guerreras, pasando de un grupo a otro, hasta que el hambre, el miedo, o el estatus de djihadista plenamente alcanzado los determinaron a volver a sus ciudades de origen, donde se autoproclaman imán y en retorno son pagados con respeto y reconocimiento por una pequeña comunidad radicalizada.  Parece un cliché pero no lo es.

No hay estudios para determinar el estatus exacto de la composición cosmopolita de los grupos djihadista actualmente en combate. Huelga aclarar que ni todos los conversos, aun los más radicalizados en lo retórico,  serán terroristas, ni  todos los terroristas son conversos.  Lo que sí se puede identificar  es el tipo de conflicto donde se van a encontrar conversos. No todos los conflictos de sesgo islamistas [1]son los mismos. Dentro de los conflictos citados hasta el Ejercito Islamico de Abu Bakr Al-Baghdadi que es un todo englobante, habían tres categorías: el bandidismo, la lucha armada y el terrorismo a secas. Los conversos, si se comprometen, será para ir a engrosar principalmente las filas de la última categoría.

El bandidismo dentro del islamismo es cuando el islamismo radical sirve de pretexto ideológico para negocios mafiosos. Fue el caso del UCK en Macedonia, que no desdeñaba tráfico que se presentase, desde el desvío de las ayudas alimentarias a la trata de personas.  El Mujao, en Malí, fue otro caso. Su especialización era el narcotráfico; sus “emires”  son hijos indignos de buenas familias de Bamako (capital de Malí). Es casi imposible imaginar conversos, menos blancos, en el Mujao.  La lucha armada en cuanto a ella, sería por ejemplo la rama Tuareg que se sumó a los grupos radicales creando una secesión dentro del Movimiento de Liberación de l’Azawad o el Hamas en Palestina cercano a la hermandad musulmana con todos los artífices ideológicos del tronco ortodoxo de la hermandad. Muy difícilmente se puedan ver conversos, por la articulación tribal y localista de esos movimientos. Se pueden aprovechar de modo oportunista de recursos en pertrechos militares o logísticos de otros movimientos, pero englobar djihadistas globales y conversos es impensable. En el Ejército Sirio de Liberación (ESL), o lo que queda, grupo más bien secular no obstante sus relaciones con la hermandad musulmana, tampoco podría haber conversos. En cambio, los grupúsculos de metodología terroristas, como Al Nusra en Siria, uno de tantos, o ISIS, están llenos de conversos. Hay grupos localistas como los chechenos, no obstante, que reclutan conversos al djihadismo global nacidos dentro de las ex repúblicas soviéticas.

Lo que hace la diferencia, además de los criterios de selección, es la definición de los blancos. En la primera categoría, los objetivos  apuntados corresponden al interés mafioso.  En la segunda, el objetivo es militar. En el marco del terrorismo, todo y todos son potencialmente un blanco. El blanco es aleatorio y el depredador es totalmente ajeno al medio atacado. Los conversos se interesan muy poco por las sutilezas geopolíticas del lugar. Poco saben y les importan quién es Bashar al Assad o qué pasa en Somalia, cuál fue el rol de Kenia en el marco de los acuerdos de Jubaland; son consideraciones que les pasan por alto. Sólo cuenta la bandera del islam salafista y la épica del mártir.

El fundamentalismo wahabita se alimenta no solo de la ignorancia de los conversos sino de la desidia de las autoridades públicas, que no supieron tomar la medida del fenómeno, modelisar respuestas, identificar perfiles de riesgo, ajustar políticas públicas de seguridad y salud mental y dejaron a familias solas frente a una realidad social, política, humana, securitaría que las supera.



Categorías:Medio Oriente, Terrorismo

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