“Víctima de sus virtudes”

(c) Teresita Dussart

 

Ayer, una invitación a lo que se anunciaba como una mesa de debate sobre la situación económica en relación a los holdouts se reveló como la ocasión de una apología en las reglas del “equipo económico del gobierno”. “El gobierno es víctima de sus virtudes”. Un joven apenas licenciado en economía, ya director de un departamento académico de una universidad, con un nombre evocando furiosamente el primer peronismo,  inició los Laudes  postulando que todos los países tienen deuda. Quien más quien menos, es verdad, quién se lo podría negar. El problema no es tener deuda, lo que sí es un problema es no generar liquidez para poder pagarla.

Siguió otro postulado. La madre de todos los problemas es la fuga de capitales de esta década. Ésa es probablemente la peor acta de acusación que los peronistas en general pueden hacerse a sí mismo. Capitales nacionales que huyen de su propio país, eso es la revelación más diáfana y dramática de la falta de atractivo de la economía local, doblada de la aversión al riesgo y al déjà vu. ¿Si los inversores locales, que por antonomasia son los insiders, huyen, que deberían pensar los inversores extranjeros?

 Importar o producir, el eterno antagonismo peronista

Tercer salva de pura ortodoxia peronista: “Argentina tiene una tremenda sensibilidad a las importaciones, con la cual este gobierno ha tenido que lidiar”. Hasta la mitad del siglo pasado, fin de los años 60, antes de que los verdaderos y últimos intelectuales de este país opten definitivamente por el exilio, la conciencia de que este país seguía considerando su Aduana como único articulador de su economía disponía de varios espacios disidentes donde expandirse. Ya no es así. En todo el arco político, kirchnerista, peronista, el dogma es que existiría un antagonismo categórico entre importación y aparato productivo. O se importa, o se produce, dice la doxa argenta. Por lo tanto, para producir hay que cerrar las fronteras. Es lo que hizo Guillermo Moreno, y sigue haciendo con menos histrionismo su sucesor. Se puede incluso decir que el control de las importaciones se hizo más fuerte estas últimas semanas, ya que en las postrimerías de hostigamiento a los empresarios por parte del sátrapa de la Secretaria de Comercio, su celo en servir la señora parecía haber aflojado.

El problema que el mismo “licenciado” reconoce, es que las restricciones a las importaciones limitan la producción local, e imponerlas equivale a elegir deliberadamente la recesión. Es decir el escenario actual. Por otra parte, en el mismo soplo, confiesa que el superávit comercial cuando fue positivo no fue porque se  exportó más, sino porque no se importó o se importó drásticamente menos.

Ése es el punto medular de la economía argentina y de su problema de cuentas. Es un país que no genera riqueza. Se puede decir de mil maneras, pero la realidad es una sola. Los países que producen riquezas no le tienen miedo a las importaciones y se mueven en mercados de bienes muy móviles. Los aranceles argentinos no sólo son más altos que el promedio preconizado por la Organización Mundial del Comercio (OMC) sino que vienen acompañados de múltiples medidas imprevisibles. Sin embargo el arancel es un derecho de piso que no se puede articular exclusivamente por apego a un credo ideológico, porque esas mismas tarifas de aduana obedecen a reglas de mercado.  Tienen que ser proporcionales a la atractividad y la competitividad de un mercado. La realidad del mercado argentino es que al contrario de lo que difunde la propaganda, la Aduana argentina no se encuentra asediada de importadores forcejeando para colocar sus bienes. Porque es un mercado estructuralmente poco interesante por razones varias: su demografía, por las consideraciones socio económicas. Puntualmente es hasta disuasorio por el problema cambiarío, el riesgo inflacionario, y en buena medida por la corrupción. En otros términos, no es un mercado asediado, sino más bien el contrario. Muchos  importadores como inversores lo han abandonado, cuanto más que de todos modos ocupaba un lugar muy marginal en sus balances de cuentas.

La política económica argentina es una política defensiva, exacerbada por la relación histórica a su Aduana, la cual durante mucho tiempo era una institución aún más emblemática que la Casa de Gobierno. El objetivo de los gobernantes, y eso trasciende a la pareja Kirchner, no es colocar bienes argentinos generados por nichos de excelencia que el mundo codicie; es impedir que entren bienes extranjeros y terminar por ser inundados por lo peor del Made in China. Eso porque la producción local a duras penas abastece el mercado local. Es de mala calidad, no debiendo esforzarse porque no conoce competencia.  Y, encima, producida en su mayor parte dentro del marco de la economía informal.  Una buena política económica es una política fundada sobre la competitividad: Crear y distribuir productos y servicios atractivos en calidad, ingenio y costo. En resumen crear riqueza.

La balanza exportadora argentina sigue siendo la de una fisiocracia al modo del siglo XIX. El único salto a la modernidad es el pasaje del pastoreo a la agricultura con el descubrimiento del mercado de granos. Un país con ese perfil necesariamente está en peligro ante un servicio de la deuda que incluye ahora el fallo de Griesa -a menos que la fase de treinta días que acaba de regalar a la república austral sea puesta a provecho inteligentemente-, a lo cual hay que agregar los arreglos con el Club de París y Repsol, más las deudas pendientes ante el CIADI y, por fin, las cuentas corrientes, entre otras la factura energética.

Bonos para cancelar deuda, inmunidad para cancelar los papeles

Frente a la situación de los holdouts es sabido que el patrioterismo fue servido a todas las salsas. Especialmente el más insultante posible frente a la demostración de independencia de la Justicia de Estados Unidos. Surgió el concepto de inmunidad soberana y el joven licenciado no deparó con un toque de lirismo con tintes de neo colonialismo, de leyenda negra, de venas abiertas y otras hierbas. Queda que Argentina está ofreciendo bonos soberanos por doquier para la cancelación de sus deudas. Los acreedores no parecen haber entendido que según la acepción del deudor, esos bonos vienen cercenados de la noción de inmunidad en caso de litigio. Son bonos con inmunidad soberana, así hay que entenderlo. Tal vez sería hacer prueba de consecuencia para quien manifiesta una sensibilidad tan a flor de piel, que decir, un tal apego, a la cuestión de la soberanía,  atenerse a sus principios, no colocando nunca más deuda soberana en un mercado donde actúan todo tipo de actores. Nadie les obliga.



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