Boudou, un caso magistral de garantismo

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Boudou es en francés un apellido francamente grotesco. De esos que se utilizan en las comedias para designar a un vendedor de coches usados o de champú para alfombra. Y el vicepresidente argentino tiene mucho de ese personaje, “vieux-beaux”, lindando la obesidad, cabellete largo a la nuca de apariencia aceitosa, sonrisa de estafador de señoras asoladas, aparentando estar siempre ingeniando un nuevo cuento del tío. El físico del rol, como resultado de los mecanismos de alta precisión de la psicomorfología, permitieron a Amado Boudou salir de una situación de semi indigente, resultado de sus fiascos secuenciales marplatenses, para hacer de él el testaferro de Néstor Kirchner, enfrascándose en la operación de apoderamiento de la Ciccone Calcográfica con técnicas no muy diferentes de lo que la pareja acostumbraba hacer en Río Gallegos al amparo de la Circular 1050 de la dictadura. Néstor Kirchner no acostumbraba a resignarse a correr detrás de inalcanzables objetos del deseo. Lo codiciado tenía que ser suyo, y es sabido que la Ciccone Calcográfica estaba al tope de la lista cuando entró en escena el Boudou.

Sus lealísimos servicios lo hicieron nombrar patrón de las ANSES, algo como ser el Pachá de la caverna de Alí Babá, y de allí ministro de Economía de la república y actual vicepresidente. Sólo con plasmarlo, define cuán peligrosa es la condición del ser argentino. Con una licencia de una universidad de insignificante portada académica, desconocida de cualquier ranking internacional, un currículo virgen pasado los cuarenta años, y alguna que otra quiebra dudosa, apenas podría haber aspirado al servicio correo en condiciones normales. En un gobierno de necrómanos, erotómanas, narcotraficantes, gente de comer con un solo cubierto a modo de cuatrero y otros personajes abigarrados de la Corte de los Milagros peronista, Boudou fue admitido como miembro por derecho viejo. Esa misma corte de improbables gobernantes lo protege hoy por orden expresa de Cristina Fernández. No porque esté convencida de la inocencia del que hizo vicepresidente, invocando la lealtad hacia la pareja como única calidad de interés para la república; sino porque está convencida de lo contrario. Boudou hizo con Ciccone, lo que Néstor el marido y difunto ex presidente le pidió que hiciera. Si cae Boudou, cae ella.

El problema es que Boudou no tiene la disposición criminológica de un sindicalista peronista, dispuesto a sacrificar unos años en cárcel para proteger a alguien más poderoso, sabiendo que le esperan unos fajos de billetes verdes en Miami, en el estado de Delaware, en Panamá o Mauritius. Boudou no tiene códigos y no resistiría la cárcel, mismo muy acomodada. No tiene alma de shahid, y le importan un pito las cuarenta vírgenes que el kirchnerismo le podría prometer si se hace mártir de la causa. Por eso hay que cuidarlo extremando el garantismo, ese otro ismo, especificidad argenta a consumo interno exclusivamente.
En todos los estados de derecho, el sistema es garantista per se, en la medida que garantiza la aplicación de la ley, empezando por la primera de ellas, la Constitución, que en las democracias garantiza explícitamente el derecho a la defensa. El garantismo es a priori una redundancia pedante más en una selva negra de conceptos tan alambicados como vacuos, los cuales van desdibujando a brocha gorda la isla léxico conceptual en la cual se convirtió la República Argentina. En los estados totalitarios también el sistema es garantista, ya que garantiza la aplicación de las leyes por arbitrarias que sean. Se lapida en Afganistán bajo el imperio de la ley tribal y la Sharia, ambos cuerpos avalados por todos los miembros de la comunidad. El garantismo también garantiza la aplicación de leyes abyectas que nada tienen que ver con el sentido común, ni el bienestar de las personas o las leyes de la naturaleza. Un sistema penal puede ser garantista con un gobierno que concentra una cantidad de poderes extraordinarios y prevaricados, como lo es el actual gobierno argentino y quedará para la historia con sus jueces militantes y su ejército de propagandistas. El único garantismo de interés visto desde el prisma de la sociedad emancipada y liberada de las mañas feudales e ideológicas consistiría en que el sistema penal tenga por única aspiración garantizar la manifestación de la verdad.

Eso no es posible en Argentina, ya que por alguna razón en algún momento en la construcción de su relato, la joven nación debió decretar para poder asegurar la viabilidad de su proyecto político, que la verdad era una categoría intelectual “neoliberal”. Las cabezas pensantes peronistas o peronisadas se impusieron como obra mayor crear el estado neurasténico de negación de la evidencia. Crear la confusión entre ficción y realidad y hacer entrar la sociedad del espectáculo en las arcanas de la justicia, utilizando algún que otro sociólogo o filósofo francés en desuso de los años 60, fue cuanto menos difícil que la racionalidad como la manifestación de la verdad son percibidos por la sociedad peronisada como valores “burgueses”, “oligárquicos” o “neo liberales”.

¿Quién le dice a usted que el caballo blanco parado en este momento ante usted es un caballo blanco y no otra cosa?

Los elementos de prueba de la relación entre el testaferro del testaferro, eso es respectivamente Alejandro Vanderbroele y Amado Boudou, están tan establecidas que en el más férreo de los sistemas penales basados en la noción de prueba por la contradicción, tendría rango de prueba definitoria. Vanderbroele vivía en un departamento de Amadou Boudou y pagaba sus facturas allí. Eso es así porque en el clima de corrupción estratosférica y de impunidad no tomaron ningún recaudo. La presidenta, el vicepresidente, el banquero Jorge Brito de las causas más corruptas y la financiera del blanqueamiento estaban todas en un mismo inmueble, frecuentado asiduamente (entre otros) por uno de los portadores de valijas habiendo trabajado antes para narcos mexicanos y personas involucradas en la importación de efedrina.

No hubo jamás ningún esfuerzo de disimulo, porque por más enorme que sean las pruebas y los increíbles concursos de circunstancias, el garantismo les permite interrogar que el caballo blanco sea caballo y sea blanco. “A pesar de los esfuerzos” del juez Ariel Lijo por demostrar su presunto vínculo con Alejandro Vandenbroele, “esas pruebas e indicios nunca aparecieron, ni existen”, declaraba Boudou ante los periodistas del Canal TN en una entrevista realizada en su oficina del Senado a las 23 horas locales del martes pasado. El caballo blanco ante ustedes ni es caballo ni es blanco. Es una representación holográfica de la verdad, tanto como las pruebas de colusión entre mí, la Afip, Vandenbroele, coluden en una representación tridimensional de la verdad, pero una representación al fin, podría agregar Boudou. Tanto como el padre del garantismo, Raúl Zaffaroni, miembro de la Corte Suprema, vio su causa sobreseída, teniendo todos sus departamentos arrendados a madamas como prostíbulos. El hecho positivo, fenomenológico manifiesto de proxenetismo no basto para constituir el crimen.

El garantismo no es un fin en sí. El fin en sí es la inversión de la pirámide de valores. El garantismo conlleva una dosis latente de abolicionismo que no tiene que ver con el postulado del fin del castigo, y el principio de la rehabilitación, invocando un utilitarismo social, sino con la anomia misma, lindando la apología del crimen liso y llano. Es indiscutible que existe una clara empatía, cuando no abierta simpatía, de este gobierno hacia los barrabravas, los violadores, los violentes, los asaltantes, los saqueadores, los narcotraficantes que han hecho del país su “lugar en el mundo” para sus tareas de mala muerte y de corrupción. Tal vez una onza animista de rehabilitación de la mucha mala sangre corriendo por las venas algo tenga que ver con ese afán-,no tanto con asentar las bases de un proceso equitativo, que es lo que menos se da-, sino con relativizar el crimen. Esa anomia trasladada al conjunto de la sociedad es lo que hace que un gigoló provincial, tránsfuga serial, bardo desafinado pueda dar la cara desde hace dos años, con cargos de corrupción infamantes, sin que nadie atine a anoticiarse que la vergüenza cumple también una función social.



Categorías:Argentina, Corrupción, Latin America, Otro día en Argentina

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