Habitat precario, por una nueva estrategia de urbanización como extensión del contrato social

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Las villas, aun fuera de todo cuadro institucional o legal, existen. Hasta donde toque a la “inseguridad”, los habitantes de la ciudad formal pueden ignorar los barrios irregulares.  El Sur y el Norte de la ciudad de Buenos Aires constituyen dos realidades como divorciadas. Para muchos, la ciudad de Buenos Aires llega, hasta el Barrio de Flores. Pero la naturaleza odia el vacío y la estagnación no es de este mundo.  Poco a poco si la ciudad formal no elabora un proyecto de integración urbana, con un reconocimiento administrativo,  la parte invisibilisada del territorio irá colonizando la parte visible de la ciudad. Hay muchas maneras de pensar la formalización de los barrios de emergencia.  La mejor política de urbanización es una buena política económica, enmarcada en una acepción de continuidad territorial nacional, que no impulse zonas en estado de derelición a trashumar hacia las grandes urbes.  Argentina es un país que tiene tres problemas. Uno a priori, conjetural,  aunque como se repite desde la génesis de la republica, no lo sea ya tanto,  tiene que ver con execrables políticas económicas y conceptos errados que las sustentan. Otro tiene que ver con la falta de federalismo. De fachada, la república lo es, pero en la práctica no garantiza la justa coparticipación y redistribución a las provincias, las cuales mantiene  en un corsé de subdesarrollo, como consecuencia del hipercentralismo e hiperpresidencialismo prevaleciendo. El tercero, hay pocas urbes. Una gran parte del territorio argentino no ha conocido otra modificación que las producidas por la geología.

La única buena política social es una buena política económica. Por ende, la única forma de hacer decrecer naturalmente el problema de las chabolas, villas de emergencia, asentamientos irregulares, es una buena política económica. Hay países donde eso no ocurre en varias generaciones.  Otras donde no se da, pero la providencia dota a ese Estado de un recurso natural que surge como un deus ex machina, y atravesando la membrana de la plutocracia gobernante, termina por irrigar las capas más vulnerables de la sociedad,  aunque sea colateralmente (Angola, los países del Golfo y de muchos de los países considerados como mercados frontera). Otros que aun con esa mana caída del cielo no se detiene la expansión de la miseria (Argentina). Durante siete de los diez años de gobierno de la pareja de peronistas ortodoxos, los Kirchner, se registró un crecimiento por arriba de 7% gracias principalmente a la soja. Y sin embargo todos los índices de pobreza y de miseria están al rojo. El último informe de la Universidad Católica Argentina (UCA) revela un aumento de un punto de la pobreza en 2013, comparando períodos iguales, portando a 27,5% la parte de pobres de los 40.117.056 de habitantes de la república.

Todos los casos de asentamientos irregulares son el resultado de una combinación de varios factores.  El caso de las villas miserias de las grandes urbes argentinas y de su conurbanos constituye realmente un caso atípico porque no se suman problemáticas.  Es uno de los países con densidad poblacional más bajas del mundo, no es objeto de migración masiva (desde los años cincuenta la balanza migratoria argentina se invirtió y de país de recepción de migrantes paso a ser un país de emisión de migrantes), no hay guerras civiles, no hay catástrofes naturales. Los asentamientos son taxativamente y estrictamente resultado de varias crisis económicas que se fueron sobreponiendo las unas a las otras como resultado de la mala gobernación.

Algunos países buscaron romper con los paradigmas del pasado, imponiendo una revolución cultural que permita romper con el miserabilismo piadoso, el asistencialismo, e in fine el statu quo, a través de un nuevo acercamiento al fenómeno (Colombia, Mozambique). El gobierno de la ciudad de Buenos Aires parece querer inspirarse del modelo de Medellín consagrado durante el último Foro Mundial Urbano (WUF) de Naciones Unidas, organizado justamente en Medellín,  como la experiencia más exitosa en la materia hasta la fecha.  De enclave getoisado y lugar clasificado entre los más peligrosos del planeta, Medellín procedió a un profundo reabordaje fundado en la participación de varios actores, entre otros los propios habitantes de los barrios irregulares.

Como en todo, el exceso de buena voluntad también existe y es contraproductivo. Adosado a un período de fasto económico como lo fue la era de “Trente Glorieuses”, consta decir que la “banlieue” francesa no es un éxito. Desde la célebre imagen del general De Gaulle sobrevolando en helicóptero las chabolas de la periferia parisina en los 60 con el urbanista Delouvrier, y ordenando “arrásenme todo esto”, los buldozers cumplieron con la enmienda: miles de torres de cemento armado salieron de tierra,  las políticas de integración han sido objeto de una miríada de programas varios con siglas esotéricas (ZFU por zona franca urbana, ZRU por zona de redinamisación urbana, ZUS por zona urbana sensible o sea impenetrable, CUcs por contrato urbano de cohesión social, entro otros), sin por lo tanto lograr el desenclavamiento de los territorios de la periferia.

Mismo cuando todas las condiciones están reunidas, reconectar barrios gestados en la irregularidad o por paliar a ella, no es tan fácil. Hay factores psicológicos y sociológicos. Arraigándose en el tiempo, los territorios nuevos elaboran  códigos propios, con percepciones a veces sensiblemente diferentes en la relación al espacio, a la identidad nacional, a la autoridad. Las poblaciones han sido apadrinadas por grupos de interés político, religioso, mafioso, y muchas veces un entrecruzamiento de todo ello. Grupos que han alentado el recelo, la falta de empatía, los prejuicios, para asegurarse la obsecuencia y corveabilidad de sus ovejas, otros simplemente porque el camino al infierno esta empedrado de buenas intenciones.

Desde dos semanas, en Buenos Aires, el grupo “Corriente Villera Independiente” levanto una carpa al costado del Obelisco exigiendo la “”declaración del estado de emergencia habitacional, socioambiental, socioeducativa de las villas, el cumplimiento de las leyes de urbanización y obras en los barrios” entre otras cosas. El reclamo es exclusivamente dirigido al gobierno de la ciudad autónoma de Buenos Aires (CABA), cuyo intendente Mauricio Macri es candidato para las presidenciales de 2015, lo cual hace flotar en el aire como un perfume de operación política. No obstante, los hechos denunciados por un panel de expositores como el acceso al agua, a los servicios de emergencias, a la educación, a la seguridad, la exposición a los abusos por parte de las mafias o de las policías, cuando no son las mismas, el narcotráfico, todos son dramáticamente exactos. Pero la manera de enunciarlo es la de una épica de enfrentamiento con el resto de la sociedad. Uno de los voceros de la Corriente, Julian, declaraba a esta periodista: “una parte de la ciudad trabaja para la otra”, siendo los que trabajarían los villeros. Ese discurso además de ser inexacto, precisamente porque el drama de los asentamientos irregulares en el mundo,  es que no son barrios obreros, sino barrios que vieron pasar varias generaciones de personas que no han trabajado, o tan solo esporádica e informalmente; espolea el odio entre facciones de la ciudad. Especialmente de pobres contra pobres. Esas mismas organizaciones que pueblan el mundo de la villa son las que “naturalizan” el cartonero o “trapito” erigiendo en trabajo, lo que no deja de ser una actividad indigna de la especie humana, la cual debería ser condenada, especialmente  por gente de izquierda. Reconectar barrios es reconectar gente, y eso supone crear una comunidad de destino allí donde hay enfrentamientos y dolencias, fundadas éstas o no.

Pasando en revista las experiencias de Medellín, de Senegal, de Haití, de Mozambique e incluso de las periferias del primer mundo, la doctrina cambió drásticamente estos últimos dos años. El acercamiento misionario, apologista de la miseria, asistencialista, fue remplazado por uno de extensión del contrato social a los habitantes de los lugares relegados. La interconexión se funda en una adecuación derechos- deberes. Los denominadores comunes de una nueva estrategia de urbanización portan sobre la cuestión de la regularización domanial, la restructuración física del espacio, la reconexión de la parte oculta de la ciudad a la parte visible a través de vías, pasajes y avenidas. En los dos primeros casos, en el barrio PK2 de Senegal, por ejemplo,  se tomó en cuenta que no se podía romper con la igualdad entre los conciudadanos avalando la ocupación ilegal de tierras como sistema de acceso a la propiedad y que la regularización tenía que pasar por una forma de transacción. El mismo principio rige el acceso a las infraestructuras, donde un mínimo de coparticipación es exigido como forma de dignificación de la ciudadanía.

Por progresiva que sea cualquier política, no se pude obviar que hay problemas candentes que no tocan a la calidad de la vida, sino a la sobrevivencia misma. Temas que no pueden ser desatendidos indefinidamente sin que la sociedad en su globalidad pague el precio de la política del avestruz.



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