Rusia-Ucrania. El auge de la diplomacia emocional

Harticle-2581882-1C515FE400000578-531_634x413ielo, deshielo, estancamiento, contención, disuasión, cortina de hierro, todos esos conceptos que parecían arrumbados en el placar de los artefactos de la guerra fría están de vuelta sobre la mesa en un dramático retroceso. Y lo extraño del caso es que quien los fue a rescatar no es uno de los tantos nostálgicos de la Unión Soviética. Quien los sacó del olvido fue Occidente: la Unión Europea y EEUU principalmente. Ya pasó a mayores el plan de Asociación Oriental de la Unión Europea “vendido” a Ucrania como una suerte de plan de legitimidad étnico político a todo aquel que podía garantizarse libre de toda forma de vínculo con Rusia, de tal modo que pudo ser exhibido por los nacionalistas de la Plaza Maiden en medio de cantos fascistas y de tribunas del partido neonazi “Sboboda” sin que nadie tome reparo de la barbaridad en la cual se estaba incurriendo. De aquella realidad, se llegó a las sanciones impuestas a Rusia, y la política del aislamiento sin siquiera promediar la convocatoria a un grupo de trabajo. En cuanto a Ucrania, la ayuda de Europa llegará sin necesidad de cumplir con la hoja de ruta de las reformas institucionales que muy autorizadamente se le exigía bajo la administración anterior.

Por primera vez una nota de la revista “Foreing Policy”: “Yes there are bad guy in the Ukrainian government”,[i] apunta a la composición de una camada de neonazis que no son exactamente los “valientes” demócratas, tal como los gratificó el presidente del Consejo de la Unión Europa, Herman Van Rompuy, el 21 de marzo pasado. No obstante la repercusión del medio que publica, esa contribución constituye apenas una gota de agua en el océano consensual que pocos se atreven a zarpar. Catherine Ashton, la Alta Representante de Política Exterior de la UE se derrite de ternura cuando clava su mirada en la de Arseni Yatseniuk, uno de los líderes de la insurrección de Maiden, y nuevo presidente de Ucrania desde que su predecesor, Victor Yanukovich, fue depuesto por los insurgentes. No hay espacio para los matices. Ni siquiera considerando el rol objetivo que jugó la Unión en el desencadenamiento de los hechos.

Probablemente no haya ni malas intenciones, ni conspiraciones, ni siquiera cálculos geoestratégicos detrás de este estado de hecho. Ése es uno de los problemas. Las buenas intenciones en exceso. Ese brote de emoción compulsivo hacia una de las partes en conflicto es el fruto de una cosmovisión binaria. Yanukovich era un presidente autoritario y altamente corrupto, y seguramente merecía absolutamente ser depuesto por haber traicionado la confianza del pueblo. Eso no implica que sus opositores sean de facto detentores de un diploma de demócratas. Pero la nueva diplomacia emocional no lo ve así. Donde hay un antagonismo, debe haber un bueno y un malo. En esa cosmovisión, dos malos que se enfrentan no es de este mundo. Sin embargo, examinando el legajo del relativamente joven Yatseniuk, fuera del estado de excepción que se creó por la constelación del sostén occidental y la salida en catástrofe de Yanukovich, no podría presidir ni un día un país como Ucrania. En una elección normal en tiempo de paz, la instrumentalización que hizo del sentimiento antiruso le aliena más de la mitad del electorado del país que preside, entre la población étnicamente rusa y los ucranianos con fuertes vínculos con el país vecino, sin hablar de las minorías como los tártaros, que, sin ser prorusos, no dejan de estar espantados por los eslóganes racistas de los miembros de la actual coalición en Kiev. Su calidad de demócrata no está sustentada ni por una mayoría de votos, ni por lo que se sabe de él en cuanto al respeto de las minorías. Es un hecho implacable que en Crimea durante el referéndum, sea éste legal o no, la mayoría aplastante expresó su repudio al nuevo gobierno de Kiev. En el marco de una intercepción telefónica, Julia Timoshenko, ex primer ministro de Viktor Yushenko (el presidente victima de envenenamiento en 2007), mascota de este nuevo gobierno, declara que si fuese por ella, bombardearía el territorio de los ochos millones de ciudadanos étnicamente rusos en Ucrania y “no dejaría ni tierra quemada”. Se entiende que semejante modelo de “tolerancia” no inspire adhesión.

En el clima de política internacional marcado de histeria bridgetjoniana, el diagnóstico de una de las partes, la de la coalición dirigida por Yatseniuk se ha convertido en palabra sacra. Bastó con que el canciller ucraniano, Andrei Deshchytsia, asevere que el riesgo de invasión por parte de Rusia en Moldavia, dentro del territorio separatista de Transnistria, es inminente, para que el comandante supremo de la Otan, el general Philip Breedlove, se crea obligado a amedrentar al potencial forajido. Este fin de semana se evocó más directamente aún una invasión a Ucrania. Vladimir Putin ha afirmado no tener ninguna intención de invadir ni Ucrania ni Transnitria, pero esa parte del discurso cayó en saco rato.

El presidente ruso estuvo hablando a través de varios canales. Entre otros en plena crisis, en diciembre durante la cumbre EU-Rusia. En ese ámbito garantizó que cumpliría con su ayuda a Ucrania sea o no firmado el pacto con la Unión Europea. Pero ciertamente el mensaje de Putin no tiene acceso a la línea de lo políticamente correcto a la cual tienen acceso irrestricto líderes como Julia Timoshenko. En una entrevista de la periodista Cristiane Amanpour,  Timoshenko insinuaba que la mejor manera de poner fin a la intervención rusa en Ucrania sería una intervención militar de Occidente. O sea una guerra contra Rusia, nada menos.

El trato al pueblo ruso, en su singular proceso histórico de reintegración al mundo, habla de la muerte lenta, no obstante implacable de la diplomacia, y en su lugar la entronización del activismo militante en la vida institucional. En el antiguo ordenamiento, las prerrogativas se encontraban repartidas de tal modo que el espacio de la política era lo propio de la representación del pueblo; el del pragmatismo, el del ejecutivo; el de la negociación internacional, el de la diplomacia, y el activismo, el de la calle y de los órganos de contrapoder. Siendo todos esos módulos indispensables los unos a los otros. Para anoticiarse en qué consiste el nuevo orden basta observar la actitud de Samantha Power, la embajadora de EE.UU ante las Naciones Unidas y entender que el “activismo” colonizó todos los espacios. El activista se reconoce por el tono sentencioso, aleccionador, dogmático; es decir el nivel cero tanto de análisis como de abertura a la negociación.

Ese activismo no es del compromiso ideológico de la guerra fría de jóvenes que habrían conocido algún estado de conmoción bélico o institucional. El activismo no es ni de derecha, ni de izquierda. Es de una causa, ajena a la experiencia positivista, que una vez seleccionada emprende su viaje hacia el radicalismo. La Putinofobia confundida en rusofobia, es una causa muy en boga, como lo podía ser el neozapatismo a principio de los 90,  o la lucha contra las pieles de animales. La rusofobia vende bien, no porque es asimilada a la retaguardia de la lucha contra el totalitarismo del régimen de la difunta Unión Soviética, sino porque Vladimir Putin es asimilado al gran agente del KGB que nunca fue ni por jerarquía, ni por su única misión al exterior en Dresde. Al revés, la matanza de estudiantes venezolanos por parte del régimen chavista no moviliza porque Nicolás Maduro supo recuperar la vieja saeta de la Leyenda Negra y del “colonialismo yanqui”, y eso genera una suficiente dosis de buena conciencia residual. De ser reconocidas las embestidas contra los derechos humanos de Maduro, derivarian en un análisis de datos duros, el cual no desemboca ni por casualidad en una adhesión militante. El militantismo o activismo no es intelecual. Es emocional. Conlleva una aversión a los hechos, Exige adhesión pura. Por ejemplo, Maduro es muchísimo más homofóbico que Putin pero no tiene el mismo impacto en las redes sociales fuera del ámbito latino americano. No hace “causa.” Siguiendo la comparación de dos países en crisis: un estudio hace de Rusia el país percibido entre las naciones emergentes como el que más seguridad jurídica ofrecía en 2013 para los inversores extranjeros cuando Venezuela es sinónimo de expropiación y nula calidad de representación judicial. Sin embargo, el compromiso ante la OEA de Estados Unidos para apoyar a la diputada Maria Corina Machado en la demostración de un vídeo de la represión fue de lo más tímido. Ningún punto de comparación con la insoslayable animadversión de Power contra Rusia, durante la reunión sobre Ucrania en Naciones Unidas la semana pasada. Sin lugar a dudas, la Rusofobia es una causa.

Es así que además de los haberes del banco Rossiya, las sanciones de EEUU y de la UE se imponen a toda una serie de “Senior officials” rusos, lo cual designa indiferentemente altos funcionarios como hombres de negocios, siendo los criterios que los llevaron a la lista negra rigurosamente discrecionales. Eso abre una lista de interrogantes: ¿Si hay que sancionar, porqué no a todos los rusos, porqué sólo a unos pocos? ¿Se trata, los bienes incautados, de bienes mal habidos? ¿Si es el caso, porqué haber esperado para congelarlos la crisis de Ucrania? ¿Qué hacen esos fondos o haberes fuera de Rusia? ¿Hay alguna decisión de justicia que respalde el congelamiento de esos haberes? ¿Si son personas físicas, en virtud de qué criterio deben pagar en lugar del Estado ruso?

La ola de histeria rusofobica es tal que la arbitrariedad de las medidas dispuesta no sorprende a nadie. De la misma manera, veinte años después del fin de la era de Boris Yeltsin, la mayoría de los grandes conglomerados rusos están hoy dirigidos por tecnócratas formados en las escuelas más afines a la lógica del mercado del mundo. Sin embargo se sigue haciendo referencia a ellos, mencionando como “oligarca” a todo jefe de empresa ruso. Una injuria de sesgo típicamente soviético. No es la menor de las paradojas.

La inclinación casi atávica a incurrir en decisiones abiertamente hostiles e humillantes hacia la Federación tiene un costo. Además de las sanciones se habla de excluirla del G7. De la cumbre que se desarrollara el 24 y 25 de marzo en la ciudad de La Haya, el presidente Vladimir Putin decidió no participar. Su ausencia alterara profundamente la calidad del encuentro, teniendo en cuenta específicamente el tema, la seguridad nuclear. Rusia ha desempeñado un papel de tercer actor muy importante en la crisis de las armas químicas en Siria y es un intermediario esencial en lo que atañe al nuclear iraní. Por otra parte, la economía rusa es fundamental para el resto del mundo. Una crisis rusa pondría de rodillas a la economía mundial.

No es una razón suficiente para cerrar los ojos en nombre del viejo pragmatismo cínico. Pero puede ocurrir que uno se pregunte si aquella disposición, tan despreciada en su tiempo por quien escribe esta líneas, viniendo de parte de gentes que supieron ser valientes cuando la historia los convoco, no vale más que los acentos sentenciosos de aquellos que sesgados por la política del “me gusta” facebukiano han sido capaces de arruinar veintitrés años de esfuerzos de construcción post soviética. La desaparición de la diplomacia, como talento, inhibe la creatividad a la hora de concebir soluciones de salida de crisis. Desde Siria, donde ya se pasó el cabo de los cien mil muertos, hasta la incapacitad de crear una task forcé eficiente en el caso  de la desaparición del avión de Malaysian Airlines, las situaciones aberrantes van sumándose. Es un profundo fiasco en el cual están inmersos los Estados Unidos, tanto demócratas como republicanos; solo de pensar en las últimas declaraciones del senador John Mc Caín respecto de la crisis ucraniana, vienen ganas de llamar a gritos al difunto Ronald Reagan. Es también la razón de la irreversible pérdida de influencia de las naciones europeas.

Del mismo autor, sobre el mismo tema en este portal

Ucrania, receta para remozar los viejos conflictos étnicos de Europa Oriental

https://relacionesinternacionales.co/2014/02/06/ucrania-receta-para-remozar-los-viejos-conflictos-etnicos-de-europa-oriental/

Entre l’Europe et la Russie, la tresse de Timoshenko

https://relacionesinternacionales.co/2014/03/04/entre-leurope-et-la-russie-la-tresse-de-timoshenko-2/


[i] “Yes there are bad guy in the Ukrainian government”Andrew Foxall, Oren Kessler, Foreing Policy, 18th March



Categorías:Asia Central, EUROPA

Etiquetas:, , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , ,

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: