Un papa peronista es una catástrofe para el mundo

imagesNota actualizada, original en esta pagina redactado el 1 de Enero 2014

Teresita Dussart (C)

Episodio singular el del 6 de Marzo, el Papa Francisco en una “confesión” ofreció una majestática lectura de relativismo moral, relatando un hurto concretado dentro del ataúd de un sacerdote. Es decir, una profanación. Que es lo que es robar los objetos rituales que acompañan al muerto en su última mora; tabú compartido por todas las civilizaciones del mundo. El Papa dijo que al ver el objeto de su celo, la cruz, sintió despertarse en él, “el ladrón que está en cada uno de nosotros.” Alguien debería señalarle a “Su Santidad”, que decididamente, todo el mundo no tiene un ladrón emboscado en la panoplia de sus posibles.  Después de haber relativizado la portada moral de la profanación, que puede haber de peor : ¿relativizar el asesino que cada uno tiene emboscado en sí, el golpeador?Para concluir su confesión declaró seguir incurriendo en el crimen de receptación, al guardar entre sus bienes el objeto robado, porqué eso lo “protegería de los malos pensamientos“. Los ladrones del mundo saben a partir de ahora que ocultar objetos mal habidos es una garantía de buena conducta, ¡lo dice el Papa! El ladrón es una de las ovejas preferidas del peronista. El otro es el pobre con la firma condición que lo siga siendo.

Tal vez por eso, en Enero pasado, el Pontífice ofreció uno de sus más desfachatados accesos apologéticos de la indigencia. Elogio de la servidumbre de los cartoneros, impregnado de un miserabilismo y funcionalismo social, que ni siquiera el Opus Dei se animaría a hacer suyo públicamente, y conste que fue aplaudido por ello por la nueva izquierda populista post moderna, sin anoticiarse ésta que se hacía cómplice de la propagación de un discurso de legitimización del trabajo infrahumano. “El papa Francisco envió un mensaje a los cartoneros y recicladores en el que los alentó a seguir desarrollando formas dignas de trabajo a partir de su tarea ecológica y les pidió generar conciencia sobre el desperdicio de alimentos que produce la ‘cultura del descarte’“, según reprodujo la agencia vaticana Fides.

Segunda generación de migrantes italianos pobres, macerados en el musolinismo y luego el peronismo, única sobrevivencia del primero en el mundo, el Papa Francisco se nutrió de esa cultura del pobre funcional al clientelismo y al mantenimiento de una plutocracia alternando según el poder de turno. Cuando el cartonero y sus hijos hunden las manos despojadas de guantes en las bolsas de polietileno en búsqueda en unos gramos de cartón y aquello que pueda encontrar para sustentarse, cumple con una función de biología social según el comunicado papal. Sería el carancho antropizado de nuestra contemporaneidad, y el cristiano no sólo no debe apelar a denunciar esa actividad peligrosa, refutar su carácter de “trabajo”, sino que la debe alentar como trabajo “ecológico”. Así de nítido lo encomienda Francisco.

En otras palabras y sin abocamiento a sobreinterpretar, porque está todo dicho literalmente,  el cartonero, según Francisco es una pieza clave de un esquema más vasto y el Papa le dice a él y sus pares en el mundo: seguid pobres, vuestro padecimiento es necesario a la preservación del planeta. El Vaticano se convirtió en una sucursal de Greenpeace. En ciencias políticas se califica esa corriente setentista de ecofascismo.  En verdad, en ningún país del mundo donde hay cartoneros o personas hurgando en los desechos de la sociedad de consumo, el reciclaje es más eficiente. Al contrario, donde hay cartoneros, hay vertedores, y donde hay vertederos se está cometiendo un crimen contra el ambiente y por ende en contra de la especie humana. Basta con consultar la lista de los lugares más contaminados del planeta. Esto demuestra otra falacia. Es de buen tono pretender creer que el papa es un marxista inconfeso, y no hay nada de más errado. No hay marxistas, ni los ha habido jamás en Argentina. Aun si lo proclamasen alto y fuerte. Lo cual no es el caso de Francisco. Hay peronistas. Los marxistas apuntan a una aristocratización del trabajador, a revoltarse contra la pobreza,  a declarar una revolución, a romper radicalmente con la pobreza, a maximizar por el mérito el ascensor social. Por eso el marxismo se enseña en todas las universidades de inspiración liberal del mundo. El peronista apunta a afianzar al pobre en su condición de pobre, a hacerlo más durablemente pobre y feliz de serlo. Y eso es lo que propaga este Papa.

Desde la Contrareforma, la Iglesia no ha dejado de ir decayendo de la brillante institución intelectual que fue. Con un papa peronista, se alcanzó el último eslabón. No se puede ir más bajo. Un ateo entiende que cada iglesia en una sociedad abierta es una organización de derecho privado con la cual el individuo pacta un acuerdo íntimo que  atañe al misterio de la fe misma y a la iniciación a otros misterios de los cuales no se puede rendir cuenta si no se es participe de ellos.  No se le puede pedir a una institución de derecho privado cuyo “core business” es, además de la espiritualidad, un conjunto de valores libremente consentidos por la colectividad de los fieles, arbitrar temas seculares relativos a los nuevos hábitos de la sociedad hípermoderna. Las cuestiones sobre las cuales por demagogia Francisco seculariza su discurso son de las que se arbitran en las tribunas laicas y sobre las cuales ni es la persona calificada, ni corresponde pedirle que ajuste posturas que le precedieron, en el sillón que ocupa y del cual sólo es el guardián.

Las iglesias milenarias tienen un valor que es precisamente ese, son milenarias. Aun un ateo, como la autora de estas líneas, puede entender cuán importante es de entrar en un templo donde generaciones, siglo tras siglo, han pronunciado las mismas plegarias, y sentir los vientos del tiempo.  El rechazo ostentatorio y orgulloso del Papa hacia las expresiones de  la tradición, protocolo, vestimenta, no sólo personaliza preocupantemente la función, como lo hacen todos los peronistas apenas llegados al poder, sino que interrumpe el vínculo entre pasado y futuro. Los peronistas tienen una relación trunca y pervertida al tiempo, porque el culto de la persona hace que la hora Zero es la de su propia asunción. Llegan con las ínfulas proféticas del que todo va a revolucionar, corregir los errores del pasado, y terminan por destruir lo que queda. También porque cuando llegan es porque de todos modos el sistema ya estaba viciado.

Las iglesias no están desvinculadas de su contemporaneidad. Hasta la Contrareforma, la iglesia católica, como el judaísmo del renacimiento ibérico, fomentó valores de “uso” secular que hacen a la historia del pensamiento occidental. Progresivamente ese aporte a la sociedad de la cual disfrutamos hasta la fecha ha ido decayendo. Entre otros valores, la Iglesia católica ratificó la universalidad de su mensaje, o sea de una sola humanidad, como el judaísmo implementó la unicidad de un Dios genérico.

Manifestación protocolar de esa universalidad, el mensaje del Papa “Urbi et Orbi” se dio en la mayor cantidad de lenguas posibles, después de darse en la lingua franca que fue el latino.  Eso era el rasgo más relevante de la Iglesia católica, hasta Francisco. Otros jesuitas americanos, a mediados del siglo XVI como el padre Alonso Barzana pusieron un punto de honor a aprender todas “las lenguas del Perú”, que eran muchísimas, quichua, tonocotes, guaraní, matija, kakana y tantas otras. Con Francisco en el balcón de la Plaza San Pedro el mensaje es excluyentemente Urbi.  Roma se ha convertido en su segunda Buenos Aires, sólo que ya no se da la bendición en castellano italianizado sino que se da en italiano castellanizado. La desconexión del mundo por parte argentina y los estereotipos de ésta sobre lo que le llega de ese mundo se ha trasladado al Vaticano. Las alusiones a los conflictos bélicos, cuando mencionados por el Papa demuestran una gran cortedad intelectual y mayor desconocimiento que no se puede compensar ni aun con la asistencia de la diplomacia vaticana. Es impensable imaginar a Francisco ejercer buenos oficios detrás del telón para destrabar un conflicto. Estamos lejos de Juan Pablo II que tanto dice admirar, y en cuanto a Ratzinger, se puede decir lo que se quiera del clérigo alemán, pero era un grandísimo intelectual, especialmente si comparado al papa peronista.

En tiempos de mojigatería tanto oficial como biempensante, de recuperación política por doquier de una personalidad cuyo sesgo populista se presta a ello, cuesta romper el pensamiento único. Pero no cabe duda, del Vaticano lo único que queda de interesante es su biblioteca y sus museos. Siempre y cuando no los venda Francisco por ser la expresión de la riqueza de un mundo que decididamente no puede entender.

Del mismo autor, mismo tema : El hombre nuevo peronista resultó ser El Petiso Orejudohttps://relacionesinternacionales.co/2013/10/26/el-hombre-nuevo-peronista-resulto-ser-el-petiso-orejudo/



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