Ucrania, receta para remozar los viejos conflictos étnicos de Europa Oriental

Cathedral_of_St._Sophia,_the_Holy_Wisdom_of_God_in_Novgorod,_RussiaTeresita Dussart (c)

Jose Manuel Durao Barroso, presidente de la Comisión Europea, en conferencia de prensa al margen de la Cumbre Ruso-Europea del 28 de febrero, afirmó a propósito de la situación en Ucrania “rechazar la mentalidad de bloque contra bloque”. Sin embargo, los eventos desencadenados por el grupo de opositores en la plaza Maidan (Independencia), como consecuencia del rechazo por parte del gobierno ucraniano al Plan de Asociación Oriental a la Unión Europea en noviembre pasado, desdibujan un retoño in crescendo de aquel antagonismo que el funcionario europeo condena: la clásica línea divisoria entre la influencia euro-atlántica y el bloque ruso, cuando no la línea que remonta al siglo XVII de división entre la población lituano-polaca por una lado (los cosacos), y por otra los tártaro rusos. División perfectamente grafica entre el oeste y el este del país, como entre la oposición favorable al acuerdo y el gobierno por otra parte, con su trasfondo rusófilo.

El proyecto de asociación oriental de la Unión Europea ofrece un proceso de integración nuevo a seis países nacidos de la dislocación de la Unión Soviética: Armenia, Azerbaidjan, Bielorrusia, Georgia, Moldavia y Ucrania. La integración no supone el paso previo a una membresía extendida de la Unión, pero sí pretende incitar a una homogeneización, nivelando las instituciones de los estados asociados según el núcleo duro de criterios de convergencia impuesto a partir del tratado de Maastricht. Si Ucrania procedía aunque sea a la mitad de la hoja de ruta de la agenda de asociación, tal como fue establecido el 21 de junio del año pasado, sin lugar a dudas procedería a una profunda modernización de sus instituciones para más democracia. El problema no es el proyecto de asociación, el problema es su instrumentalización.

Además de esas reformas, el Parlamento europeo exige de Ucrania que ponga fin a la justicia selectiva, y hace explícitamente referencia a la ex primer ministro de 2005 a 2010, protagonista de la revolución naranja y abogada de la asociación a la UE, Yulia Timoshenko. Ésta se encuentra detenida bajo alegaciones de abuso de poder desde 2011. Para la transparencia, el actual presidente Víctor Yanukovich es sin lugar a duda la persona menos capacitada. Su trayectoria política es la de un cabo de la mafia pasado a mayores después de la independencia. Apadrinado por el ex presidente Leonid Kuchma, sus relaciones carnales con el hampa se exhiben a lo largo y lo ancho de la vida económica y política del país, ya que ésta ha dejado de ocupar el lado oscuro de los asuntos del estado para ser plenamente parte de él. Durante lo que fuere un primer viaje en Ucrania en 1998 de esta periodista, visitando a Vadim Rabbinovich en su fortaleza en Kiev, cuando se lo acusaba de vender material nuclear a diestra y siniestra, la ciudad se ofrecía a la mirada periodística como un Estado sitiado por los grupos mafiosos, con guardaespaldas armados hasta los dientes, convoyes de coches de seguridad y toda la parafernalia de la época. Dos años después, los mismos personajes habían pasado a ser conocidos por sus acciones en el sector charity.

La revolución naranja que depuso a Víctor Yanukovich a favor del otro Víctor, Víctor Yuschenko, el candidato envenenado por una substancia hasta el día de hoy desconocida que lo desfiguró, abrió las puertas a una fase de casi normalización institucional. Única sombra al cuadro, la pulseada permanente con Rusia. Conflicto latente cuyo terreno predilecto fue el aprovisionamiento de gas. Rusia acusaba a Ucrania recurrentemente en esos años de desviar gas del gasoducto de Gazprom que atraviesa su territorio, amenazando de retaliaciones como la parálisis del suministro del oro azul.

No obstante el rumbo pro-europeo y marcadamente socio-demócrata, Yuschenko, se hizo extremadamente impopular hasta en sus propias filas. Prueba que el ADN de los que se oponen a la influencia rusa no es necesariamente el del acervo socio demócrata o liberal, sino más bien “los enemigos de mis enemigos son mis amigos”. En 2010, su primera ministra, la candidata Yulia Timoshenko podría haber ganado las elecciones, pero su antiguo aliado Yuschenko no revertió sus voces y es así que en 2010 volvió, esta vez con una legitimidad de 48% de votos, Yanukovich al poder.

La realidad es que el acuerdo de asociación interviene en un momento en que Rusia es presidida por un presidente que encarna el revival del orgullo ruso y de un presidente ucraniano pro-ruso. Este presidente podría renunciar. Es una condición para el restablecimiento de la paz civil insistentemente exigido por la oposición encabezada por sus tres principales exponentes : el más vocal, Vitali Klitschko, ex boxeador y filósofo, aliado circunstancial de Timoshenko, Arseny Yatsenyuk joven economista que ya ocupo varios puestos de 2005 a 2007 en el gobierno de Yuschenko y jefe del partido Batkivchyna. Oleg Tyangnubok, médico, líder del partido de extrema derecha Svoboda, con fuerte acento anti semita, rusófobo y xenófobo. Hasta ahora, la respuesta de Yanukovich al pedido de los opositores ha sido que solo el parlamento puede deponerlo al cabo de un proceso de seis meses. Entre tanto se dice que habría propuesto a Klitschko y a Tyanbgybok de conformar un gobierno de coalición, lo cual habría sido declinado por los interesados.

Ucrania está al borde del cese de pagos. Como muchas economías emergentes han tenido su buen momento y se ha reencontrado en 2013 con un nivel de PIB anterior al de la crisis de 2008, pero la ausencia de reformas en aras de la modernización del Estado afecta su competitividad, en tiempos de aversión al riesgo por parte de los inversores extranjeros. En medio de dos bloques que la quieren en su campo de influencia, el país es objeto de una suerte de subasta. Situación que pocas economías emergentes pueden alardear. Tiene dos opciones. Una es la ayuda de la Unión Europea de 615 millones de euros (836 millones de dólares), la otra es la rusa de 15.000 millones de dólares y una reducción de 30% del gas. La Unión Europea exige como paso previo la aplicación de la agenda de reformas. Vladimir Putin por su parte declaró que el préstamo al “país hermano” se concedería “aun si la oposición asciende al gobierno”. Pero por otra parte ha dejado flotar un enigmático codicilo sobre reformas estructurales, de las cuales no han precisado la naturaleza, de manera que aseveró “estar seguro de poder recuperar los fondos.”

El que presta condiciona. El problema aquí es que el condicionamiento ahonda en una fractura étnica más que en una cosmogonía política o económica. Ucrania se representa como un país europeo y en parte su destino y su tragedia a lo largo del siglo XX son los de la misma comunidad de destino, aun cuando sus raíces son eslavas, por no ahondar en una historia multimilenaria. Lo que la hace extranjera a los valores de la Unión Europea es su nacionalismo. El debate hoy entre dos modelos de constitución europea, una Europa de las Naciones o una Europa federal no permite, en ninguna de las dos acepciones opuestas, la integración de un estado Catalán autoproclamado, por ejemplo. El nacionalismo del siglo XXI no tiene su lugar en la construcción europea. ¿Cómo puede entonces Bruselas surfear sobre la nostalgia de los Várganos o del gran ducado de Lituania contra la Horda de Oro o los tátaros?¿Como un Slobododan Milosevic a la salsa ucraniana, como lo es el líder de Svoboda puede verse impuesto en el rol del interlocutor defendiendo el acuerdo de asociación con la UE?

Es lamentable el abandono de la doctrina que se tenía por establecida que no se debía obrar a crear nuevas divisiones entre europeos, cuando se está remontando a la superficie la línea divisoria del Dniéper, entre ucranianos del este y del oeste en base a una entelequia etnocéntrica, repudiada por el patrón moral en base al cual se construyó la Unión.

El miércoles por la mañana, la Alta Representante de Política Exterior y de Seguridad Común de la UE, Catherine Ashton, en una nueva visita a Kiev, dialogó con las dos partes en conflicto y abogó por una investigación de los acontecimientos en la plaza de la Independencia. Es una muy buena idea, que debería extenderse a la propia Unión: ¿hasta dónde las viejas manías de la guerra fría no están recalentando inútilmente un conflicto étnico cultural? El proyecto de asociación es bueno si seduce a todos los ucranianos, no solo a la oposición del momento. Tal como viene empaquetado y con quienes están a cargo de venderlo, tiene un vicio de forma y de fondo.

Para la Unión Europea una asociación con un país del espacio oriental violentamente enfrentado a Rusia no es un buen negocio, y si una división de la Ucrania en su forma actual debía de ocurrir, lo mejor sería que Bruselas no tenga nada que ver con ello. No son pocas las buenas intenciones que abrieron las puertas del Pandemónium. Sin ir más lejos, fue una iniciativa del Bundestag (parlamento alemán) de reconocer unilateralmente el estado del Kosovo en 1990 lo que dinamizo el proceso de dislocación y subsecuentes guerras en los territorios de la ex Yugoslavia en los 90. No es una casualidad que muchos comentaristas que vivieron la guerra de los Balcanes hagan la comparación. La última gesta a favor de la democracia fue la caída del muro en 1989, y la muerte de ese otro totalitarismo que fue el comunismo. Desde entonces, todo los conflictos que han surgido en el mundo a partir de 1989, -dejando de lado el caso aparte del continente latinoamericano, dado que varios países de la región no sé percataron aun que la guerra fría terminó-, tienen un carácter o étnico-nacionalista o religioso (con una sola excepción: la revolución verde en Irán en 2009, que fue un auténtico reclamo a favor de la democracia). Y no hay razón de pensar que no es el caso en Ucrania.



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