Fundamentalmente no entienden la ley de la oferta y la demanda

IMG-20140125-00046(O sea no entienden la economía)
Teresita Dussart (C)

“Señora le tengo que retirar una papa, no puede usted comprar más de dos kilos de papas”. Esta sentencia que bien podría cuadrar en una película de la Segunda Guerra mundial o en algún contexto de catástrofe natural, es lo que se podía escuchar ayer en una sucursal de supermercados Coto en el pulmón de Buenos Aires. En Argentina, con motivos capciosos como el de controlar los precios, el gobierno ha puesto en marcha desde 2011 una política de racionamiento que no dice su nombre, al más puro estilo del “período especial” cubano o de lo que se practicaba en la Rumania de Ceaucescu, en más sutil. Con la otra diferencia que en esos dos países se trataba de economías cerradas, estructuralmente sometidas a un embargo por la parte cubana y a un déficit de producción en ambo casos por los malos resultados de la producción cuando el Estado es el gerente. En Argentina, el ocaso económico, antesala de una nueva crisis que se anuncia antológica, se deberá a la aplicación del modelo mussoliniano de desinteligencia total con los conceptos universales de economía (=peronismo). Argentina nunca entendió el mercado, pero no por aplicar un modelo socialista, que tampoco entiende.
Una regla de base de la economía es la ley de la oferta y la demanda. Cuando un actor quiere hacer bajar el precio de un bien vuelca más de ese bien en el mercado. Cuando quiere aumentar el precio, rigidiza el flujo de ese bien. En otras palabras, organiza su escasez. Si el gobierno quiere papas más baratas, debería incitar los productores a producir más. Como el gobierno no sólo no sabe incitar, sino que toda su política hacia la agricultura ha sido la política del hostigamiento, se encuentra en una situación de escasez estructural, de precios altísimos, y ya la única alternativa es la libreta de racionamiento aunque ésta sea virtual. Poco a poco, la libertad de consumir va dejando paso al desabastecimiento de las necesidades primarias. Es la paradoja argentina. Tierra presuntamente fértil, marcada por el destino para poder paliar a la inseguridad alimentaria de parte de la población mundial, no sólo no existe entre los grandes operadores de ese sector en el mercado global, sino que apenas accede abastecer al mercado interno. Esta década fue su oportunidad de posicionarse en los mercados de granos y cereales como una potencia y a partir de allí diversificar su producción, pero esa oportunidad fue desaprovechada.
Dejando de lado la cantidad, la calidad de los alimentos es simplemente ahuyentadora. Pasearse por las góndolas de una verdulería es como pasearse por un vertedero y sus hedores putrefactos. La ensalada apenas serviría para alimentar conejos en un país de la Unión Europea. La mayoría de las legumbres expuestas sería juzgada como indigna para animales domésticos. Es increíble lo que las redes de distribución se atreven a exhibir. Ese total desenfado a la hora de alardear calidad se debe a la escasez de competencia entre productores. El acceso a la distribución se organiza de modo regaliano según la proximidad de billetera y alternativamente ideológica con el Estado. Para los productos lácteos, allí donde los competidores en cualquier país de Europa se cuentan en centenares, en Argentina, para todo el territorio son dos, La Serenísima y Sancor. Cuando hay carencia de competencia, la calidad es mala y el precio es alto.
Por eso en el afán de crear en 2013 una industria argentina con dos siglos de retraso, una idea que sería una buena idea, el gobierno hace lo contrario de lo que debería hacer. Para incitar a producir sustentablemente se debe espolear la calidad importando aquellos bienes extranjeros que inciten a mejorar el ratio calidad precio. La carencia de oferta de bienes de consumo exportados, debido al proteccionismo, favorece la execrable calidad de los productos manufactureros locales. A su turno, el “Made in Argentina”, es imposible de colorar en mercados extranjeros. Y eso que en su mayoría se trata solo de ensamblajes.
No sólo el mecanismo de la oferta y la demanda se encuentra paralizado sino que el otro motor del mercado, la relación entre calidad y precio hace las veces de concepto esotérico. No se puede imaginar política económica más equivocada.
En una nota en el diario La Nación, “Argentina ante el espejo de Rusia”, esta periodista comparaba hace un año la situación de la economía rusa y la economía argentina. En Rusia, su presidente llegó dos años después de la crisis antológica que creó un antes y un después en la historia económica del país: la crisis del default de 1999. En Argentina, los Kirchner llegaron dos años después de la crisis de 2001. Los dos llegaron a poco tiempo de un cambio de paradigma en el tipo de régimen. Pero en el caso de Rusia, Vladimir Putin logró reducir a una cantidad de interés omisible la deuda externa, hacer del rublo una moneda sino de circulación internacional, una moneda fiable, con un nivel de inflación que gire e torno al 3%. En Argentina, la deuda con el Club de París está en un punto muerto cerrando el acceso al mercado de créditos del país, la deuda al Ciadi aumentó debido a nuevas rupturas unilaterales y brutales de contratos con inversores extranjeros, el peso argentino es una moneda despreciada hasta en Paraguay, la inflación es incontrolable. Los dos países mantienen un perfil de fisiocracias, viviendo de la renta de su subsuelo, pero Rusia es infinitamente más industrializado y ha logrado encontrar los argumentos; entre otros, el de la seguridad jurídica, para conseguir inversiones extranjeras. Un informe publicado el lunes por el World Forum Economics de Davos señala a Rusia como el país que encabeza las expectativas de los CEO consultados y a Argentina como el último de la lista. Los productores rusos pueden serenamente esperar ver sus conglomerados listados en las bolsas más importantes del mundo. Los productores argentinos son sancionados por su propio gobierno. Argentina es el único país en el mundo que sanciona las exportaciones. Estados Unidos y la Unión Europea subvenciona sus productores; Argentina los castiga, cuando es el único sector sobre el cual reposa su crecimiento, por falta de política industrial y aquella cultura de excelencia esencial al despego de ésta.
Cuando la presidenta Cristina Fernández impuso un ajuste brutal en 2011 se llamó sintonía fina, la ley de mordaza de la prensa se llamó desconcentración monopólica, la justicia con jueces militantes: justicia legitima, el racionamiento se llama precios cuidados. Cuando llegue la verdadera libreta de racionamiento ¿qué será, catálogo de prodigalidades del kirchnerismo?
Lo mismo ahora con el cepo cambiario. El jefe de Gabinete, Jorge Capitanich, en declaraciones en conferencia de prensa esta mañana afirmó querer luchar con “los instrumentos de la ley”, siendo la ley de una aplicación esotérica en todos los ámbitos por donde se quiera mirar, el mercado paralelo. El mercado recibió cinco sobre cinco el mensaje: se está hablando de escasear aún más la moneda estadounidense. Lo cual no quiere decir menos consumo, como lo pretenden los barítonos del gobierno, los cuales sinceramente -no todo es mala fe- no entienden, tan compenetrados están del musolinismo argento en la gestión de los asuntos del Estado. El dólar no interesa tanto al consumidor. Interesa al ahorrista porque es la única moneda en la cual puede tesorizar el fruto de su trabajo, ya que este gobierno como los que lo precedieron no han sabido crear una moneda ni convertible, ni confiable. Como lo hubiese previsto un niño de doce años, el dólar en el mercado paralelo franqueó la barrera de 12 pesos mientras que el del curso oficial subió 3,6% en un solo día, alcanzado 7,12 pesos. (En este último caso se trató evidentemente de una devaluación.)
El musolinismo de la Italia fascista era un fantasma de revival de la Roma Antigua. No la de Marco Aurelio sino la de Nerón. Para eso se necesita de pan y circo. En Argentina donde gobierna la única sobrevivencia oficial del musolinismo, el peronismo, pan y circo es consumo a ultranza. Ambiente pizza y champagne para todos y todas. En realidad un tercio de la población. El resto vive en situación de pobreza urbana. Si alguna vez a los Kirchner se les hubiese cruzado la palabra “ahorro”, tendría Argentina un mercado de divisas libre, más reservas en su Banco Central, más pequeñas y medianas empresas, y se comerían fruta y legumbres no podridas.



Categorías:Argentina, Latin America

Etiquetas:, , , , , , , , ,

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: