La indignación selectiva de Greenpeace

Opinión. Teresita Dussart (C)

¿Quién sería tan cínico como para no derretirse de ternura frente a los atrevidos corsarios, que son los militantes de Greenpeace, cuya cruzada no puede ser más noble: salvar el planeta? Los treinta activistas arrestados en el Mar de Barents el 18 de setiembre, alegando obrar sacrificadamente para impedir un derrame de petróleo en el Ártico, fueron liberados y luego amnistiados por el presidente Vladimir Putin la semana pasada. Se puede por consiguiente, ahora expresar una que otra idea al respecto.

La operación se hizo dentro del marco de su campaña “Save the Artic”. Un derrame es un accidente de primer plano para una petrolera, no es una fatalidad. ¿Tenía la organización Greenpeace la información según la cual infaliblemente tal derrame se iba a producir? La plataforma de extracción petrolera Prirazlomnaya, localizada en la costa sureña del Mar de Barents, pertenece a la empresa rusa Gazprom. No consta a la fecha que sea fuente de riesgo ambiental particular, más de lo que el sector puede generar acorde a su proprio rating. La última técnica desarrollada por el gigante ruso para la extracción de la materia fósil en otro sitio, el Mar Negro, llevaría a pensar lo contrario. Esta técnica conocida como Horizontal Direccional Drilling (HDD) ha sido aplaudida como una innovación en materia ambiental.

Debía por lo tanto ser una información realmente contundente para que los activistas de Greenpeace decidieran embarcarse una primera vez, a fines de agosto, en el barco “Artic Sunrise” desde el puerto de Kirkenes en Noruega con destino al Mar de Barents. En aguas rusas, fueron advertidos tres veces por los guardacostas que al navegar sin tener autorización para ello estaban fuera de la ley. Esa intimación no fue seguida de ninguna sanción. Acto seguido, Greenpeace toma la decisión de dar marcha atrás y vuelve a su puerto de anclaje inicial. Pocos días después, el 11 de setiembre, deciden reemprender la ruta, esta vez apagando la radio, como buque fantasma, una vez adentrado en aguas rusas. En otras aguas podría haber expuesto los tripulantes a un peligro aún mayor. Son técnicas de piratería de mar.

Cuatro gomones de Greenpeace son entonces lanzados hacia la plataforma de Gazprom. Es allí que sucede el arresto de los treinta activistas. ¿Tenían los activistas de Greenpeace informe de contenido tan candente que era urgente actuar fuera del marco de la legislación internacional del mar? A la fecha, si disponían de semejantes datos que justificasen violar varias leyes internacionales y rusas, no los dieron a conocer, ni siquiera en los momentos más dramáticos del procesamiento de los militantes arrestados. Parece ser que el desacato tuvo por fuente de inspiración una filosofía de prevención de riesgo maximalista que se podría aplicar básicamente a cualquier plataforma petrolera off shore. Sólo que no lo hacen con cualquiera justamente.  El Ártico es uno de los lugares más limpios del mundo. La principal amenaza al acecho es el recalentamiento planetario, el cual se gesta desde los grandes focos de consumo humano del mundo, aunque no haya certezas definitivas al respecto. Hay lugares mucho más contaminados del mundo, donde nunca se verá a Greenpeace.

Según otra ONG, menos marketinera pero científicamente más asentada, la ”Green Cross International”, estos son los diez lugares del mundo más contaminados, del más al menos :  Argentina, cuenca Matanza-Riachuelo (compuestos orgánicos volátiles, en especial tolueno); Hazaribagh, Bangladesh (cromo); Agbogbloshie (vertedero), Ghana (plomo, cadmio, mercurio); Citarum (río), Indonesia (plomo, cadmio, cromo, pesticidas); Kalimantan, Indonesia (cadmio, mercurio); Delta del río Niger, Nigeria (petróleo); Dzershinsk, Rusia (sarín, plomo, fenoles); Norilsk, Rusia (metales pesados); Chernóbil, Ucrania (radio núcleos); Kabwe, Zambia (plomo. ) Esta lista no es exhaustiva de los crímenes contra el ambiente, y por ende al ser humano. Lo que sí se puede decir es que en esos lugares, los valientes activistas no brillan por sus acciones espectaculares. O porque es realmente nocivo para su salud acampar con su bandera en esos lugares infaustos para la especie, o porque la justicia les es menos favorable, o porque no hay nada por recaudar porque los lugares son espacios de gran desolación en cuanto a la presencia de grandes donantes. Difícilmente pueda una ONG esperar colectar en Villa Inflamable, Argentina, o en el Delta del Río Yantse, en China, o en Chelíabinsk, Rusia, por parte de la población diezmada por las patologías generadas por la toxicidad ambiental y la relegación social y económica que los atañe. No son destinos muy hippie chic de todas maneras. Ayer domingo, se dio otra explosión química en la planta industrial de Burzaco, zona sur del conurbano bonaerense, sin que se diera a conocer la opinión al respeto por parte de Greenpeace. A la fecha es el último ejemplo es por eso que se lo menciona, pero en el mundo son muchos los accidentes industriales que pasan sin suscitar indignación alguna por parte de la ONG ambientalista más mediática del planeta.

En cambio sí se les vio recientemente desplegar a fuerza de mucha proeza acrobática, dos gigantescas banderas de su organización en Ginebra y en Londres. Ginebra, una de las ciudades más seguramente adicta a la causa ambientalista, donde tantos  ciudadanos donan naturalmente su óbolo a la causa, suma que pueden deducir de sus impuestos, y Londres, la segunda City del Mundo y capital de las cenas de gala del mundo del Corporate Social Responsability (CSR). El lugar donde hay que estar para hacer marketing humanitario.

Lo que si hace Greenpeace tratándose de esos lugares de relegación ambiental donde nada tiene de divertido ir a desplegar banderas, es emitir escuetos documentos, fríos informes colgados en su página web, pero hasta allí llega su involucramiento. Físicamente se entiende que desconfíen de la interacción con el universo piquetero peronista, o de la policía china, muy alejados ambos del universo brigetjoniano al cual están acostumbrados  en Vancouver o Ámsterdam.

La organización ecologista ha sido recurrentemente criticada por otras organizaciones ecologistas fundadas  y gobernadas según criterios científicos por científicos. Las posturas que toma Greenpeace, relevan de la escenificación y del compromiso militante  de sus activistas, estos la mayoría sin preparación relevante para estimar la pertinencia de la acción de la cual participan. De lo que adolece, por contraste a sus acciones fuertemente mediatizadas, es precisamente de trabajos científicos, reproducidos en publicaciones especializadas. Greenpeace sigue siendo una organización nacida dentro de la cultura hippie y marginal del fin de los sesenta, con una muy fuerte dosis de sectarismo. El principal detractor es uno de sus fundadores, Patrick Moore, el cual se alejó de su creatura precisamente por la falta de sostén científico de ésta, y el sesgo dogmático que había tomado. Hoy Greenpeace lo reniega. La oposición a los transgénicos por parte de Greenpeace, por ejemplo debe generar un debate sistémico, dentro del cual se consideren los criterios de sustentabilidad y de seguridad alimentaria. Algo totalmente alejado de la cultura de Greenpeace. Lo mismo se puede decir de la energía nuclear y tantos otros temas.

Además de las criticas apuntando a su filosofía, Greenpeace ha debido enfrentarse a consistentes y repetidas acusaciones sobre el origen de sus fondos, políticas de apriete a multinacionales a cambio de no organizar campañas en su contra, y manejo de fondos espurios. Cada vez que surgen esas criticas, Greenpeace amenaza con procesos millonarios, lo cual disuade más de una redacción, especialmente cuando hay que proteger las fuentes y no todos pueden sostener la voracidad de las sumas vindicadas como indemnización. Uno de ellos fue el periodista Olivier Vermont, autor del libro, “La faz escondida de Greenpeace” (La face cachée de Greenpeace, Albin Michel, 1996).

Pegarle a Vladimir Putin vende. Es de buen tono. Una acción en Rusia es un buen spot de todo  punto de vista. Rentabilidad comunicacional asegurada, con lo justo de derecho de representación del acusado asegurado como para no incurrir en una acción irreparable para la organización. Tres meses por actos de piratería, por más que Greenpeace sea lo que es, a menos que esta organización disponga de un salvoconducto especial, no es judicialmente caro, aun si debió humanamente ser un execrable momento para los que lo padecieron. Y por ser Rusia le da un toque  más hollywoodense a la operación que merece un “Dona ahora” bien espoleado. Sería interesante conocer las recaídas financieras de la operación “Save the Artic”.



Categorías:Corrupción

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