Nada por celebrar a 30 años de “regreso” a la democracia

TeresitaDussart©
Argentina tiene una doble deuda pendiente. La primera tiene que ver con la República misma, la segunda con la democracia. Esta nación que tanto tardó en constituirse, que hasta es difícil atribuirle una fecha de real: la revolución de Mayo, la declaración de la Independencia, Caseros, es decir la victoria contra la tiranía que no pudo ser al ser usurpada por el otro Rosas que fue Mitre, Cepeda, que podía ser el fin del hostigamiento de Buenos Aires contra la Confederación, Pavón o la federalización de Buenos Aires, hecha capital de la República en 1880. ¿Cuándo nació realmente la República Argentina como Estado Nación? ¿Nació o está todavía en gestación a la espera de ver en sus provincias aplicados los principios de subsidiariedad y proporcionalidad, como territorios con derecho a participar de la torta nacional viendo resarcidas sus contribuciones y beneficiándose de la solidaridad nacional en cuanto a las cuestiones vitales que tienen que ver con las garantías institucionales de los ciudadanos para sus vidas y sus bienes?

Lo que es seguro es que el surgimiento de ese estado tan joven, con tan sólo dos siglos de existencia, no es concomitante a la democracia. Al inverso de la mayoría de las naciones surgidas de un proceso emancipatorio, aunque en este caso sea el hecho de un proceso gestado por pueblos colonos contra otros colonos, y no pueblos originarios, y que esos colonos argentinos hayan sido y sigan siendo infaustos para los pueblos originarios, el hecho es que desde los albores del pronunciamiento, Argentina se destacó por sus comportamientos tiránicos. Fueron hechos prócer y convertidos en semidioses en los manuales escolares los predicadores del odio entre argentinos. Los dos libros que dividen las aguas ideológicas argentinas son el “Martín Fierro”, de José Hernández, el cual hace la apología de un hombre malo, asesino e ignorante, inadaptado a toda forma de ilustración, libro referencia de los peronistas y filo o protoperonistas, según la categoría en curso. En la orilla de enfrente, el “Facundo, Civilización o Barbarie”, de Domingo Faustino Sarmiento, el cual desdibuja un “interior” plagado de criaturas medievales, oscurantistas por oposición a una urbe que sería Buenos Aires, representada ésta como una suerte de Nueva Atenas, la cual nunca estuvo a punto de ser. Además de ser obras de un interés literario muy mediocres, esos baluartes de la argentinidad conforman consciente o inconscientemente la crestomatía del odio del otro, de los estereotipos que culminan en ese odio, y del cheque en blanco a delinquir. Sus resultados están a la vista, en 2013. No es por falta de otras referencias que serían más propicias en aras de erigir una auténtica democracia, pero la psicorigidez garantizada por esa misma crestomatía cierra todas las escoletas a más fecundos autores.

Un siglo de guerras civiles, un siglo de golpes de estado, y desde los albores del siglo XXI un principio de milenio compuesto de democracias imperfectas conforman el inventario histórico. De la década en curso se debe deplorar una presidencia sumamente autoritaria, con los peores ingredientes de clientelismo, de culto a la persona, de ejercicio del poder discrecional, aun teniendo en cuenta las correcciones que la actual mandataria desde hace un mes parece parece querer imponer como nueva impronta, tras una de las décadas más inútilmente perdidas de la historia de esta República. Honestamente ¿Hay algo para festejar? Las provincias están en llamas. Estas tres décadas de supuesto retorno a una democracia de nombre, pero no aún de fondo han contribuido a incubar un tropel de clones de Petisos Orejudos. Individuos moralmente mutilados, cretinizados, reducidos a conformar hordas salvajes contenidas sólo por la fuerza bruta. Esas huestes no pueden de ninguna manera ser el fruto de la democracia. Son la demostración de que la democracia se hace esperar no tan sólo después de treinta años, sino desde siempre. La delegación de Amado Boudou, oropel de la República, al pie del féretro de Nelson Mandela, uno de los más ilustres padres de nuestro contemporaneidad, es otro de los indicadores que esto no es una democracia, porque tal sistema de gobierno no se condice con la corrupción asumida y celebrada con hilaridad guasona. Una democracia no toleraría ser manchada semejantemente. La democracia entiende que los estropicios cometidos por la corrupción tocan a su existencia misma. No pueden tener a uno de los más señeros representantes de la lujuria del poder a la cima del estado, enarbolado de las más distinguidas letras de creencias.

Nadie quiere ser aguafiestas, pero honestamente no hay nada por festejar. Falta, tal vez no tanto, pero falta, antes de que los Libres del Mundo reconozcan en esta nación una república democrática.

SOBRE EL MISMO TEMA: EL HOMBRE NUEVO PERONISTA RESULTÓ SER EL PETISO OREJUDO



Categorías:Argentina, Otro día en Argentina

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