PRESIDENCIALES. Chile sigue siendo una buena noticia para el continente

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Teresita Dussart(C)
Los resultados preliminares de las elecciones chilenas son una muy buena noticia para América Latina. Con 46,11% de votos para Michelle Bachelet (PS) y 25,5% para la oficialista Evelyn Matthei Fonet, sobre 90% escrutados, se dan por descartadas las opciones aventuristas. Lo más previsible es que el 15 de diciembre se confirme la tendencia y se abra una alternancia derecha izquierda, que no sería otra cosa que la sucesión de un presidente racional de derecha, Sebastián Piñera (UDI) a una presidente socialista igualmente racional. Como en todas las democracias consolidadas, la diferencia entre derecha e izquierda porta sobre percepciones y contenidos sensibles, cuyo embate empero no excede el círculo del tatami de la socio-democracia. Este 17 de noviembre chileno rompe con los infaustos esquemas que se vienen reinstalando en el paisaje político continental de dirigentes estrambóticos y previsibles en cuanto a la concreción de las peores caricaturas. Las aventuras personalistas no prosperan en Chile. La anecdótica tentativa de una Roxana Méndez, con un lema tal como “Roxana es pueblo”, no cunde en el país transandino. Apenas logró, según los resultados preliminares, alcanzar un 1,21% de confianza. Y se puede decir lo mismo de los otros siete candidatos, excluyendo a Matthei y Bachelet. Todos proyectos políticos demasiado parcializados o, según una expresión de rigor en Chile, “sobre ideologizados”.

Aritméticamente es prácticamente seguro que Bachelet sea la próxima presidente de Chile. Puede gustar o no, se esté o no de acuerdo con su visión del país, nunca fue y nunca será una populista. Tres cosas la vacunan de entrar en las filas de los protodictadores latinoamericanos de este principio de milenio. Su formación académica. Bachelet es médica, y su formación transcurrió en Chile y en Alemania Oriental durante su exilio. Antes de ser ministra de Defensa del gobierno de Ricardo Lagos se había preocupado de merecer la función sumando a sus palmas académicas una formación ad hoc en las más prestigiosas aulas militares, entre otras en Washington DC. El segundo aspecto es su conocimiento del mundo. Bachelet vivió en RDA como fue dicho, pero también en Estados Unidos, en reiteradas ocasiones y condiciones. Habla inglés, alemán y francés a la perfección. Es una cosmopolita. La mayoría de los presidenzuelos autoritarios de corte caribeño que se destacan por sus conductas excéntricas en la conducción de su país, a lo largo y lo ancho del continente, no había salido de su país antes de llegar a la máxima magistratura. La presidenta Cristina Fernández conocía del mundo los ecos que le llegaban en su lejana provincia sureña en forma de estereotipos. Y relaciona el país que preside al mundo en función de ese condicionamiento provincial. Tener conocimiento del mundo permite ampliar la gama de la soluciones en materia de gobernación y favorece naturalmente la integración internacional. Un aspecto en el cual Chile puede alardear de un liderazgo. Ha firmado 22 tratados de libre comercio en esta última década y tiene a pecho no solo no ceder, sino profundizar. Y eso es lo que revelan las urnas en el estado actual de los resultados. Mantener ese cabo.

La tercera calidad de Bachelet es la experiencia. Antes de ser presidente por un primer mandato en 2006, fue ministra de Salud y ministra de Defensa. También dirigió la oficina onusiana de los Derechos de la Mujer. Lo que virtualmente hacía de ella el número 2 de la organización multilateral. En Venezuela, en Honduras, en El Salvador, en Ecuador, son muchos los presidentes que llegan a la más abarcadora de las responsabilidades, aquélla que exige los más altos niveles de tecnicidad, sin nunca haber tenido responsabilidades gubernamentales. Ni siquiera de entidades territoriales localistas. Gente que tal vez se esmeró en la militancia. Pero militar y gobernar son dos cosas muy distintas. Bachelet y Matthei, su rival, tienen las dos experiencias ministeriales asentadas y fructuosas. Matthei, que levantara difícilmente el reto de derrotar a Bachelet, aunque puede haber sorpresas en relación a las alianzas de entretiempo electoral, es una mujer sumamente preparada.

PROGRAMA DE BACHELET

De ser electa, Bachelet ha propuesto ese oscuro objeto de deseo del elector frente a una contienda electoral que se llama “programa”. Un básico de la vida política, que bien inspirado serían los políticos de este lado de los Andes de revisitarlo: ¿Aparte la persona, a qué va mi voto?

En el programa de Bachelet algunos items asustan. Por ejemplo, el capítulo Reforma Constitucional. Muchos países a lo largo de esta década han incurrido en la temática de una necesaria reforma de la Carta Magna, escudándose en las mejores intenciones del mundo, cuando en realidad se trataba de asentar el poder perpetuo. Bachelet reconoce el caracterer liberal y democrático de la Constitución de su país y aboga por una reforma que, traducida en una palabra, se resume en despinochetización. Una asignatura pendiente no sólo por razones sociales sino para espolear la economía. La estructura patriarcal, el nepotismo estructural, impide la instalación de una meritocracia y por ende la transformación de una economía que sigue siendo una fisiocracia, como se decía en el siglo XIX. Una economía dependiente de sus recursos naturales: el precio del cobre por ejemplo. Es verdad que los fundamentales de la economía chilena son excelentes, las inversiones extranjeras va escalando, pero la economía no es todavía lo diversificada que debería ser, y eso tiene que ver con la necesidad de más democracia, más ascenso social. El sector de los servicios necesita de talentos auténticos, no de hijos de. Eso es algo que Bachelet puede hacer mejor que nadie en el paisaje político de su país. Esa misma reforma contempla la necesidad de imponer mayor descentralización. Lo cual también es una garantía de más democracia y mayor eficiencia. “Se establecerán gobiernos que, liderados por jefes ejecutivos elegidos por votación directa, dispondrán de autonomía, facultades y recursos suficientes para constituirse en verdaderos ejes de desarrollo territorial” reza el programa de Bachelet. Esa propuesta es central, porque el sur del continente necesita dramáticamente de más federalismo real.

En cuanto a la política internacional de Bachelet; sea ella, Matthei o de haber seguido siendo Piñera no cambiará mucho: Región Pacífico, Estados Unidos, Europa y si se puede integración regional, pero sólo si se puede. Desde ese punto de vista los diferendos con Perú y Bolivia no deberán tener con Bachelet un tratamiento diferente de lo que podría ejercer su alter ego oficialista. Es bastante posible, teniendo en cuenta el antecedente de su relación con Néstor Kirchner, que le tenga menos paciencia a Cristina que lo que demostró tener Sebastián Piñera. Bachelet es una mujer auténticamente inteligente. Una militante que conoció en su juventud la represión, la muerte de su padre en un centro de detención militar y el exilio. Con ella los relatos difícilmente puedan prosperar.
En economía, al presidente a quien le toque ocupar La Moneda, recaerá sostener el crecimiento actual, mejorar la infraestructura, en particular el sector energético y la red eléctrica. El programa de Bachelet reconoce lo logrado pero aboga sobre la necesidad de desprenderse de la materia prima e insiste sobre la relación entre educación y economía.

El mes de campaña que se viene se jugara sobre los dos puntos de divisiones que son la educación gratuita o fin del “lucro” y la reforma constitucional propuestas de Bachelet. Matthei seguirá intentando rentabilizar en el próximo cómputo los logros de Piñera, de quien es el Delfín. Ha invitado en su discurso de esta noche a las otras fuerzas a unirse a su programa con un resultado a priori muy aleatorio.



Categorías:Latin America

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