Nos, ordenamos y mandamos la compra de veinte Boeing

Opinión. ©Teresita Dussart

El boyante anuncio de la compra de 20 Boeing 737-800 de nueva generación, más que la renovación de la flota de Aerolíneas Argentinas, ilustra la agitación desesperada del ahogado frente a una política plagada de decisiones erradas. El camporrista Mariano Recalde, presidente de la compañía estatal anunció soberanamente proceder a una compra  por un valor de 1.800 millones de dólares, transacción que deberá ser completada entre 2016 y 2018. Eso, sin tener la menor idea de cómo va a ser financiado. Cae de peso propio, teniendo en cuenta los precedentes de una década de decisiones intempestivas y regalianas, que el Congreso no fue consultado para proceder a tamaña inversión. Lo que es peor, Aerolíneas Argentinas no llamó a una licitación. La decisión fue tan improvisada que según el Wall Street Journal el director de ventas de Boeing para América Latina, África y Caribe, Van Rex Gallard, tuvo que concurrir de urgencia a la firma de la declaración de intención, desde África del Sur donde se encontraba. Con el tiempo, tal vez llegue a reconsiderar que mantenerse en Ciudad del Cabo le habría sido más seguramente beneficioso al gigante de la aeronáutica.

Precipitación y opacidad no son las manifestaciones de un buen deal para ninguna de las partes. De hecho, a la fecha, el grupo Boeing no había reportado en las lista de sus encargos en su página web los 20 fuselajes para la compañía argentina.  El acuerdo no fue cerrado por un cheque con una seña por mínima que sea,  y el riesgo de que el compromiso venga a fomentar otra deuda, otro estigma para el gobierno que herede las malas prácticas de éste, es muy alto.

En un país donde los trenes tienen un promedio de 50 años, el orden de prioridad en materia de infraestructura no es renovar la línea de bandera, la cual ha demostrado ser muy poco competitiva bajo la gestión actual. En el interés del ciudadano para luchar contra el enclavado de ciertas provincias, lo mejor sería abrir grandes las puertas a la competencia de líneas comerciales habiendo fehacientemente comprobado su capacidad en operar líneas de cabotaje, como LAN o Tam y,  por otra parte, reanudar el ferrocarril de larga distancia. Red enterrada bajo el hacha del gremio de camioneros, cuando Hugo Moyano era el pilar sobre el cual se apoyaba el kirchnerismo, y cuando convenía desarrollar la industria de las cabarutes del “descanso del camionero”,  que es el nivel de inversión máximo al cual puedan técnicamente obrar los funcionarios  de este régimen.  Ya nadie lleva la cuenta de la cantidad de trenes presuntamente comprados en España, Francia o China que nunca llegaron pero sí fueron pagados.

Hasta en los países menos corruptos, el Estado es generalmente considerado como un gerente mediocre, simplemente porque los tecnócratas que presiden el destino de empresas con vocación comercial, aunque tengan una sólida preparación y experiencia previa, operan dentro de los límites del control de aquellas herramientas tradicionales del Estado. Herramientas que portan sobre criterios de calidad, de seguridad, de control de las licitaciones, que pueden ser funcionales pero nunca alcanzan los estándares de la democracia corporativa. Si el Estado es encima un estado macro corrupto como el actual, las decisiones son sujetas a las más abiertas conjeturas.

En una sociedad a capital abierto, el accionario más pequeño asedia al Consejo Ejecutivo en la demanda de información. Persigue cada indicio de mala gestión, cada aleteo que anuncia un riesgo tóxico, cada presunción de mala inversión. El pequeño accionario discute sobre las oportunidades y las amenazas de la empresa, con la íntima convicción de que está hablando de un bien propio, y su voz es escuchada porque tiene derecho de voto. Una pesadilla inentendible para un peronista, para el cual la democracia corporativa es una idea absolutamente contraria a todo su corpus de valores: verticalidad, secretismo, alternancia de las oligarquías por el negocio mafioso, generación de oportunidades de corrupción, todo con la mejor conciencia del mundo.

A través de la crisis del “shutdown” estadounidense, la sociedad argentina que siguió con sana perplejidad la suspensión de los servicios del Estado, al ser el presupuesto vetado por una archiminoría, no se capacitó de una realidad más profunda, que trasciende la peligrosa truculencia de un extremista del Tea Party. El ciudadano estadounidense sinceramente piensa que su condición de contribuyente es la de un inversor que dice “se llama ida y vuelta”. La contribución a la colectividad no es la del tonel de las Danaides. No es un mandato integral, total, a ciegas, es una delegación condicional a controles. La mentalidad del “tax payer” apunta a la base misma del contrato social estadounidense. Ese concepto crea entre el extremo norte y el extremo sur de las Américas un efecto de espejos inversados. En el extremo Norte, la minoría por antonomasia, el individuo, es percibido como sujeto con derecho inalienable a una rendición de cuentas. En el extremo sur, una corta mayoría de 54% crea la dictadura de la mayoría, y el individuo acepta de auto alienar su derecho al control, no ya a la mayoría, sino a una aleatoria minoría que presuntamente representaría los intereses de esa mayoría. Eso  confina, traducido en política económica, a la toma de decisiones una más absurda que otra, como la compra de los 20 Boeing, por ejemplo, a doblar el espinazo frente a un tiranzuelo de poca monta como Guillermo Moreno y así es que se gesta la infinita serie de crisis económicas, los compromisos no honrados y las generaciones de exiliados.



Categorías:Otro día en Argentina

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