JÓVENES CONVERSOS ENTREGADOS AL TERRORISMO

Teresita Dussart (C)

El ataque en el centro comercial de Nairobi revela una vez más en letras de sangre la internacionalización del djihadismo.  La presencia de jóvenes americanos de origen somalí y la probable, aunque no confirmada, participación de una británica, Samantha Lewthwaite, hablan de un patrón ya ampliamente demostrado. Lewthaite es una joven de 29 años surgida de la clase media más banal, cuya participación en un esquema terrorista tan alejado del núcleo de su educación de cuna refleja una realidad criminológica, social y psicológica sobre la cual no hay estudios etiológicos serios.  El fenómeno de las conversiones de jóvenes occidentales en urbes de influyente implantación de un islam sunní, adulterado por una corriente wahabita ajena hasta a la tradición de los migrantes de las primeras olas, está produciendo estragos de toda índole. Hay localidades de la “banlieue” francesa donde la presión demográfica hace que sea más fácil para un joven convertirse a los códigos de vida wahabita, sin incluso requerir una conversión religiosa formal, que para un joven de tercera generación de inmigrantes convertirse a los códigos de la laicidad. El pasaje a  la conversión al Islam, singularmente ese Islam radical, requeriría ser estudiado como un problema de salud pública tanto como de seguridad. Hay un  proceso de manipulación de consciencia que se da en una escala lo suficientemente importante como para generar las debidas diligencias de la prevención de riesgos,  Lo que hay que cercenar para proteger a los jóvenes y a la sociedad es:  ¿Quién se convierte, el proceso de la conversión, cómo se da el cambio y QUÉ se convierte?

Lewthwaite se convirtió al Islam en una época de su vida de volcánica actividad hormonal: 17 años. Aquella época que hace parecer el infierno a un universo “cosy” al lado del hogar, para los padres que pasaron por ese momento. Sus padres  son personas educadas en todos los sentidos de la palabra por lo que reportan los medios. El padre es militar y la familia no registra otras dificultades que la separación ya mencionada. Pero Samantha busca algo que le permita reinventarse, alejarse de ese universo que no dejará de odiar, sean cuales sean los argumentos que se le ofrezcan. En todos los casos de conversión de menores los padres piensan que eso va a pasar. Y no pasa. La familia no toma conciencia de la dimensión sectaria en la cual cae el menor. La carrera que va del rigorismo hacia el fascismo religioso de Samantha sólo acaba de empezar a los 17 años. Se casa con un keniano, Jermaine Lindsay, él también un converso que se hará explotar en la estación Piccadily Circus un 7 de Julio, abarcando en un abrazo mortal 25 inocentes. Samantha se refugia en Nairobi, pretendiendo ignorar todo de las actividades de su marido y desde allí empieza una carrera de terrorista por cuenta propia.

No es un caso aislado. Hay trescientos franceses según el ministro de asuntos interiores francés, Manuel Valls, combatiendo ahora mismo en Siria en los rangos del djihadismo internacional. Uno de ellos, Jean Daniel de 22 años, murió la semana pasada. Su hermano, que lo arrastró en ese sendero, Nicolás de 30 años, se felicitó en un vídeo que su hermano menor haya muerto en un “mártir”. El padre de los dos chicos es un empresario radicado en Guyana.  En declaraciones al diario francés  Le Figaro, la semana pasada, el padre se dirigió a todas las familias cuyos hijos están combatiendo en Siria o en otros terrenos del djihadismo.  “Se tienen que movilizar y salir del aislamiento para parar ese lavado de cerebros del cual son víctimas muchos jóvenes a la deriva”. El joven que degolló en mayo de este año a un militar frente a las cámaras y siguió comentado su acción, con el arma del crimen y las manos ensangrentadas como si nada, es un joven nigeriano converso al Islam en esa parte de Londres que los vecinos tomaron por costumbre denominar Londonistan. Unos días después, un chico de 17 años intentó degollar un militar en La Defensa, la city de París. Alexandre se había convertido al Islam la semana anterior.

BANDIDISMO, LUCHA ARMADA Y TERRORISMO POLÍTICO

Los conversos más radicalizados han participado de algún djihad en el mundo. El conflicto de los Balcanes, el Cáucaso, Afganistán, Yemen, Irak y recientemente las revoluciones de las primaveras árabes. Acabados los procesos de destitución o resolución de paz, siguieron nomadizando en los territorios alcanzados por la onda de choque islamista (Mali, por ejemplo) expandiendo sus ansias guerreras, pasando de un grupo a otro, hasta que el hambre, el miedo, o el estatus de djihadista plenamente alcanzado los determinaron a volver a sus ciudades de origen, donde se autoproclaman imán y en retorno son pagados con respeto y reconocimiento por una pequeña comunidad radicalizada.  Parece un cliché pero no lo es.

No hay estudios para determinar el estatus exacto de la composición cosmopolita de los grupos djihadista actualmente en combate. Huelga aclarar que ni todos los conversos, aun los más radicalizados en lo retórico,  serán terroristas, ni  todos los terroristas son conversos.  Lo que sí se puede identificar  es el tipo de conflicto donde se van a encontrar conversos. No todos los conflictos de sesgo islamistas [1]son los mismos. Dentro de los conflictos citados hay tres categorías: el bandidismo, la lucha armada y el terrorismo político. Los conversos, si se comprometen, será para ir a engrosar las filas de la última categoría.

El bandidismo dentro del islamismo es cuando el islamismo radical sirve de pretexto ideológico para negocios mafiosos. Fue el caso del UCK en Macedonia, que no desdeñaba tráfico que se presentase, desde el desvío de las ayudas alimentarias a la trata de personas.  El Mujao, en Malí, fue otro caso. Su especialización era el narcotráfico; sus “emires”  son hijos indignos de buenas familias de Bamako (capital de Malí). Es casi imposible imaginar conversos, menos blancos, en el Mujao.  La lucha armada en cuanto a ella, sería por ejemplo la rama Tuareg que se sumó a los grupos radicales creando una secesión dentro del Movimiento de Liberación de l’Azawad. Muy difícilmente se puedan ver conversos, por la articulación tribal del movimiento. En el Ejército de Liberación de Siria o lo que queda, grupo más bien secular no obstante sus relaciones con la hermandad musulmana, tampoco podría haber conversos. En cambio, los grupúsculos de metodología terroristas, como Al Nusra en Siria, están llenos de conversos.

Lo que hace la diferencia, además de los criterios de selección, es la definición de los blancos. En la primera categoría, los objetivos  apuntados corresponden al interés mafioso.  En la segunda, el objetivo es militar. En el marco del terrorismo, todo y todos son potencialmente  un blanco. El blanco es aleatorio y el depredador es totalmente ajeno al medio atacado. Los conversos se interesan muy poco por las sutilezas geopolíticas del lugar. Poco saben y les importan quién es Bashar al Assad o qué pasa en Somalia, cuál fue el rol de Kenia en el marco de los acuerdos de Jubaland; son consideraciones que les pasan por alto. Sólo cuenta la bandera del islam salafista y la épica del mártir.

CONVERSIÓN: UN ANTES Y UN DESPUÉS RADICAL

La conversión es un concepto antropológico muy particular. Con él se concreta más que en ninguna otra experiencia antropológica el teorema de Heráclito, “todo cambia, nada queda“.  Y se si trata del Islam radical, reviste un carácter aun más revolutivo. Es un cambio de horizontes cultural, social, ético, panorámico. Hay un antes y un después irreversible. No es temporario. El converso no vuelve hacia atrás. Entre otros motivos porque si se pudo convertir al Islam y pronunció la Sha’ada, la fórmula de reconocimiento del profeta y de la religión islámica, volver hacia atrás es cometer el pecado pasible de pena de muerte que es la apostasía. Además, el converso tiene que pelear permanentemente con los otros miembros de la comunidad porque es un “Muallaf”, un recién converso, y sobre él pesan sospechas acerca de la sinceridad de su conversión. Siente que tiene que demostrar que es un buen musulmán.

Hay un estereotipo de converso que es el joven adolescente en ruptura escolar, con una primera experiencia de pequeña delincuencia, de familia de clase media, padres separados, familia que sabe amar pero con manifestaciones afectivas equivocas, padres inmaduros que sufren del complejo de Peter Pan, muy implicados en su vida profesional.  Son familias de padres que sinceramente creen que lo hicieron todo bien, reniegan hasta donde puedan del problema y cuando toman el pulso de lo que está ocurriendo se dan cuenta que están solos.  Es fácil echarles la culpa y sin embargo están doblemente atrapados: en un vacío legal y por el discurso de lo políticamente correcto. No se reconoce la conversión al Islam como adhesión a una secta y sin embargo ese tipo de Islam corresponde por donde se lo mire a los criterios de manipulación de consciencias. No es la conversión a una espiritualidad que reclama la adoración a una o varias deidades, sino la arrolladora renuncia al yo anterior, sus valores y su entorno. Es una espiritualidad disfuncional y los sujetos atrapados son a menudo menores de edad sin que se pueda culpar los depredadores que hacen oficio de imam autoproclamados.

Isabelle, asesora de empresas, buen nivel académico, ex marido periodista, madre de una adolescente conversa al Islam a los 16 años en total ruptura familia durante tres años, relata a este medio su experiencia: “cuando busque ayuda me hablaban de libertad religiosa, me echaban en cara prejuicios que nunca tuve. El día que fui a buscarla al hospital había una mujer con velo sentada al pie de su cama, y Sophie (nombre de la chica antes de la conversión) me dijo que de ahora en adelante ésa era su madre. El médico me pidió si quería que haga sacar esa mujer de la sala. Le dije que no. Que la extranjera era yo, Nos habíamos convertido en extranjeras.  (…) Con el tiempo me di cuenta que no habría vuelta atrás y que no podíamos pedir ayuda a nadie. Para los servicios sociales éramos racistas si nos quejábamos, para nuestro entorno padres indignos”. Ahora, dice Isabelle, “sé que la única manera de ayudarla es mantenerme presente  a su lado, ocupar el lugar,  hacer el contrario de lo que hice cuando salí del cuarto, para que algo de mis valores la sigan acompañando”. A los 20 años, la hija fue madre por la primera vez. El reto para Isabelle ahora es limitar los valores del radicalismo islámico en la educación de la nieta. En el caso de esa familia, hay un relativo radicalismo retórico acompañado de un código vestimentario, pero que no creo un ostracismo social definitivo y no influye en la vida afectiva de los parientes, allí donde en muchos casos la ruptura familiar es total.

Las familias de los conversos se reprochan a menudo el déficit de autoridad. Así lo decía el padre de Nicolás, el joven muerto en Siria. “No tuve la autoridad necesaria para re direccionarlo”. Detrás de la conversión hay una dinámica sectaria muy fuerte, que se ejerce sobre menores pero no es reconocida penalmente como tal, en los países donde se da a conocer ese fenómeno, patológico antes que religioso, porque el Islam no tiene rango de secta, y afrontar esas conversiones es percibido como ir contra la libertad religiosa y hasta puede conllevar otros estigmas. No hay familia que pueda enfrentar ese fenómeno sin la advertencia y el acompañamiento de una sociedad informada.


[1] Se tiende a confundir en una cierta prensa islámica con islamismo. Lo islámico es lo relevante con la fe musulmana que nada tiene que ver con la acción violenta. El arte islámico, la arquitectura islámica. Lo islamista es la politización del Islam que puede eventual conducir al terrorismo.



Categorías:Africa, Terrorismo

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