¿Rusia, le beau rôle ?

Teresita Dussart (C)

Como cada nueva temporada que empieza con una estridente declaración de fashionistas: “grey is the new black”, parece que la tendencia de la temporada del presidente Barack Obama, habiendo completado la mitad de su segundo mandato, es haber cedido el liderazgo a Rusia. Al proponer un control internacional del arsenal químico sirio y un proceso de destrucción controlado, inmediatamente aprobado por el régimen de Bashar al Assad, Vladimir Putin sacó de su manga una carta decisiva. En realidad, hizo alarde de los valores que tradicionalmente se atribuyen a Occidente en las relaciones internacionales: racionalismo, shuttle diplomacy, moderación.

En un leadership que no deja de ser polarizado, ante la subida de tono de Estados Unidos, Rusia desempeñó un esfuerzo diplomático  “a la antigua”, poniéndole paños fríos a la táctica improvisada de la Secretaría de Estado estadounidense, la cual habría inevitablemente facilitado el camino de los djihadistas a controlar el arsenal sirio, no sin desencadenar, incidentemente, una guerra de consecuencias imprevisibles.  Es un respiro provisorio. ¿Cómo se explica que, con todos los consejeros y think thanks con sede en Washington, Bruselas, París o Londres, no fue ésta una iniciativa americana o europea? Barack Obama se expresará hoy en un discurso a la Nación e intentará elegantemente establecer la idea de que su firmeza propició la iniciativa rusa. Una versión edulcorada de “si quieres la paz, prepara la guerra”. El culpable de la precipitación seria John Kerry, el Secretario de Estado, según la versión ya moldeada para los medios. Es un hecho que el retroceso de Obama conlleva un costo político. Ese mal trago podría haber sido evitado aplicando la única metodología que valga. Eso es y será siempre la estrategia gradual: investigación sobre la materialidad del ataque, búsqueda de un consenso logrando alcanzar algo más productivo que estrictamente una medida punitiva: la reducción del riesgo y, sólo después, allanamiento del camino hacia el ejercicio de la justicia internacional o de la justicia inmanente para caracterizarlo de alguna manera.

La misma cosa se puede decir de Francia. Hay un estancamiento de la creatividad diplomática occidental y de sus variantes. El problema con esas grandes declaraciones principistas que le dieron un poco de color al presidente obsesionado por su propia normalidad, François Hollande, es que terminan por ser contraproductivas con el objetivo declarado. Hay que castigar a Bashar al Assad, dice en substancia Hillary Clinton, ex Secretaria de Estado de Estados Unidos, de lo contrario, se crearía un precedente de impunidad. El problema es que  precisamente, precedentes, en la región hay tantos que ya no se puede hablar de precedente, son  epifenómenos trágicamente secuenciales. Y la situación puede durar porque no existen candidatos presentables en sociedad, que puedan despertar entusiasmo frente a una platea de demócratas pensando en una transición hacia el estado de derecho. Guste o no  guste, hay que componer con los elementos existentes y llevarlos a una mesa donde se negocie lo más urgente, eso es la seguridad de los civiles y más allá de la región, y pasa por controlar el arsenal.

En dos décadas, Occidente ganó en la diplomacia técnica. Aquélla que porta sobre tratados ultraespecializados, pero en una configuración de crisis demuestra desde 1991 un condicionamiento pavloviano hacia una sola respuesta: la intervención apuntando a blancos supuestamente reducidos, terminando previsiblemente en un estancamiento al servicio del sus mejores enemigos. Lo  mismo se puede decir de su aparato de inteligencia. Los ataques terroristas del 9/11 en 2001 demostraron un vaciamiento de la inteligencia humana al servicio de la inteligencia electrónica. Tres semanas después de los supuestos ataques químicos en Damasco, bastante creíbles por cierto, la supuesta “Intel” que el gobierno americano tenía colectada se hace esperar. En un esfuerzo de convicción de la opinión pública habría sido oportuno dar a conocer por lo menos una muestra de lo que dicen saber los analistas militares. Los servicios franceses subieron un documento que no es otra cosa que una lista de generalidades de las cuales derivan presunciones; una tartufería antológica. Quand on ne sait pas on se tait.

Nadie puede ignorar que Rusia no es desinteresada en la operación. En un país al que le queda mucho camino antes de acceder a los estándares de la plena democracia, esta crisis mejoró considerable la percepción internacional de su acción, pero ¿a quién le cabe la culpa? La naturaleza odia el vacío. Es tiempo para Occidente de revisar sus clásicos.



Categorías:Medio Oriente

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