Los retrasos de Cristina son atrasos

Teresita Dussart Copyright. All rights reserved.

La presidenta Cristina Fernández arribó tarde a la asunción del presidente Horacio Cartes, de Paraguay. Fiel a su estilo ramplón y la idea muy augusta de su persona, la representante de Argentina se ilustró de vuelta marcando el poco caso que hace, ya no tanto del protocolo, sino de la simple cortesía. No ha habido cumbre internacional a la cual la esposa del fallecido Néstor Kirchner no haya llegado con retraso, debido a una sesión de camarín alargada o algún quehacer de índole no apta para el comunicado oficial. Son muchas las anécdotas que circulan en la esfera diplomática en Buenos Aires sobre los incidentes padecidos por dignatarios. Durante los festejos del Bicentenario una delegación canadiense del más alto nivel no logró pasar el umbral de la Casa Rosada, no obstante las lagrimas de la Embajadora de ese país, porque la intendencia “no los tenía en la lista”. Durante esa misma conmemoración, los Embajadores fueron invitados a subirse a un autobús para asistir al desfile. Pero cuando llegaron al lugar indicado, no había palco previsto para ellos. En la vereda, perdidos entre la gente, sin poder ni avanzar ni retroceder, decidieron al cabo de un momento indefinido subir en el vehículo. Después de más de una hora de espera, se acercó una funcionaria que se presentó de esta manera: “no sé ni porqué tengo que estar explicándoles esto a ustedes… “, delicada declaración seguida por algo que tenía que ver con la Leyenda Negra y los pueblos colonizados, independientemente de las nacionalidades allí representadas por el cuerpo diplomático. Finalmente tuvo la gran idea de llevar a los Embajadores a asistir a… una cena de tango show. Como aquellas a las cuales se llevan las hordas de turistas en pullman. Nunca nadie presentó, si no una excusa, algo que se parezca a una tentativa de explicación. Un embajador europeo estuvo esperando tres horas antes de ser recibido por la “Señora” para presentar sus credenciales. Desde entonces vive removiendo hilos denodadamente y tejiendo intrigas en su cancillería para conseguir otro puesto. Otro embajador, también europeo cubriendo Uruguay y Paraguay además de Argentina, se hizo cargo personalmente de disuadir a un ministro de primer plano de su país de visitar Argentina; la región sí pero no Argentina, para no tener que cargar con los reproches debidos a los malos tratos que no depararían con experiencias previas, suyas o de otras legaciones. Las anécdotas abundan.

La pareja Kirchner no practica ninguna otra lengua que no sea el criollo y pasados los cincuenta años no habían viajado más allá de Buenos Aires, que era lo más exótico a lo cual se atrevieron. Y no fue por falta de posibilidades económicas. Los negocios realizados durante la dictadura les garantizaba poder dar la vuelta al mundo varias veces si tal hubiese sido su aspiración. Su desconocimiento del mundo y de su propio país era total hasta llegar a la magistratura suprema. Por lo cual aquello que se llama protocolo, un código consubstancial del cosmopolitismo, les es totalmente extranjero, y no hay modo de hacerles entender que no es un lenguaje vernáculo, sino lo propio para mandar sendos mensajes entre naciones.  Ese cosmopolitismo es parte de las cosas que ni se improvisan ni se compran. Argentina está gobernada por una familia de barrio de una ciudad de provincia austral totalmente desconectada del mundo: viuda, hermana, suegra, madre e hijos superan en prerrogativa cualquier portafolio del más técnico al más político y chupamedias. Todos reunidos no superando, huelga aclararlo, el promedio del bachiller. Sería un buen ejercicio hacer pasar a los futuros presidentes exámenes de conocimiento del mundo, así como se hace en entrevistas televisivas a los candidatos en las naciones democráticas. No sólo por evitar esos momentos bochornosos de grosería y chauvinismo vacuo, sino porque del conocimiento del mundo y del decoro para con los otros depende la buena gobernación.



Categorías:Otro día en Argentina

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